• Homo consciens

Abrazando la interconexión



Fuente: Resilience - Por Jeremy Lent - Febrero de 2020

Nuestra tarea urgente es que nuestra identidad compartida se expanda más para incluir, no sólo a toda la humanidad, sino a todos los seres sensibles, y la vitalidad de toda la Tierra viviente


Es de suma importancia establecer el marco de valores adecuado para la profunda transformación de la civilización que se necesita. Como he expuesto en The Patterning Instinct, diferentes culturas han construido sistemas de valores muy diferentes, y esos valores han dado forma a la historia. De manera similar, los valores que elegimos hoy como sociedad darán forma a nuestro futuro. Lo que está en juego para hacerlo bien difícilmente podría ser mayor.


En los últimos decenios, el neoliberalismo ha establecido un régimen pseudo ético dominante basado en una noción errónea de libertad individual sin trabas y basada en el mercado. Nuestra tarea primordial es sustituir esto por una ética de responsabilidad compartida e interdependencia. Necesitamos una base sólida y rigurosa para esta ética. ¿Dónde la encontramos?


Mucha de la conversación sobre ética se centra en argumentos binarios. Pero de esta forma se animan a los diferentes campos a poner barricadas unos contra otros. Debemos ir más allá de los binarios hacia un marco ético verdaderamente integrado, uno que incorpore lo racional e intuitivo, lo científico y lo espiritual.


Afortunadamente, en las últimas décadas, la combinación de la ciencia de la complejidad, la biología evolutiva, la ciencia cognitiva y el pensamiento de sistemas nos ha dado una plataforma para el tipo de integración que necesitamos. Reconocer una base evolutiva para los valores no significa caer en el determinismo reduccionista de teóricos anticuados como Richard Dawkins, cuyo mito del "gen egoísta" ha sido superado por la biología evolutiva moderna.


Las principales transiciones evolutivas de la vida en la Tierra se han caracterizado, de hecho, por el aumento de la cooperación, la más reciente de las cuales fue la aparición de los homínidos. Al enfrentarse a las peligrosas condiciones de la sabana, nuestros antepasados descubrieron que, gracias a la colaboración, podían protegerse y alimentarse mucho más eficazmente. Desarrollaron emociones morales, como el sentido de la justicia, la cooperación y el altruismo, que les permitió -en lo que se ha denominado "jerarquía de dominio invertida"- colaborar para refrenar al ocasional macho agresivo impulsado por el impulso atávico de dominación que vemos en otros primates.


Estas emociones morales formaron la base de la moralidad que caracteriza a nuestra especie. Pruebas sofisticadas han demostrado que, ante una elección, nuestro impulso inicial es el de cooperar, y sólo después de un tiempo de reflexión emergen los comportamientos egoístas. En varios experimentos, los niños prelingüísticos muestran un sentido rudimentario de justicia, empatía, compasión y generosidad, junto con una clara habilidad para distinguir entre acciones amables y crueles. La moralidad es intrínseca a la condición humana.


Entonces, ¿por qué vivimos en un mundo lleno de ejemplos interminables de inmoralidad escandalosa, donde peligrososos y agresivos hombres todavía ejercen el poder? Con el auge de la agricultura y el sedentarismo, el equilibrio de poder se desplazó hacia aquellos que lograron establecer un dominio jerárquico, lo que llevó finalmente al surgimiento de sociedades patriarcales que recompensaban el machismo y la violencia, lo que Riane Eisler ha denominado "sistemas de dominación ".


La historia del mundo de los últimos milenios relata principalmente conflictos entre diferentes sistemas de dominación, uno de los cuales -la civilización europea- llegó a ser globalmente dominante en los últimos siglos, forzando su singular cosmología dualista a los que conquistó. Esta es la visión del mundo que la mayoría de la gente ahora toma por sentada, basada en la separación y la dominación, viendo a los humanos como competidores egoístas y racionales, definidos por su individualidad, totalmente separados de una naturaleza desacralizada no humana que ha sido relegada a un mero recurso mecanicista sin valor intrínseco.


Esta visión del mundo está muy lejos de la base ética compartida de las tradiciones interculturales a lo largo de la historia, y ha sido ampliamente invalidada por los modernos descubrimientos científicos. En cambio, la ciencia de sistemas confirma las ideas compartidas por las enseñanzas de la sabiduría a través de los tiempos: que todos estamos intrínsecamente interconectados. La profunda interpenetración de todos los aspectos de la realidad -lo que Thich Nhat Hanh llama "inter-ser"- debe estar en el centro de un marco ético para la transformación política y cultural.


Nuestra expresión de la moralidad es, en gran medida, una función de nuestra identidad. Si te ves a ti mismo como un individuo aislado, tus valores te llevarán a la búsqueda de tu propia felicidad a expensas de los demás. Si te identificas con tu comunidad, tus valores enfatizarán el bienestar del grupo. Cuando te reconozcas como parte de la naturaleza, automáticamente te sentirás atraído a nutrir y proteger el mundo natural.


Durante los últimos siglos, incluso cuando el imperialismo europeo asoló el resto del mundo, también se produjo una expansión gradual de la identidad, desde lo parroquial a una visión más amplia de la humanidad compartida, lo que ha llevado a lo que Martin Luther King denominó el "arco moral" que se inclina hacia la justicia. Esto ha inspirado conceptos como los derechos humanos inalienables y ha llevado a intentos cada vez más amplios de legislar la justicia moral en códigos de conducta nacionales e internacionales. La Carta de la Tierra es un modelo ejemplar de este tipo de visión moral expansiva.


Sin embargo, en nuestra situación actual, ante la inminente catástrofe ecológica y el potencial de colapso de la civilización, debemos preguntarnos si esta expansión moral es demasiado poco, demasiado tarde. ¿Qué se puede hacer para catalizarla y redirigir nuestra aterradora trayectoria? ¿Es posible desarrollar una visión moral global transcultural para la humanidad que se extienda a toda la vida en la Tierra y que pueda inspirar una transición integral hacia la justicia económica y la regeneración ecológica?


Mientras que los que estamos formados culturalmente en Occidente hemos tenido que redescubrir nuestra interconexión, las culturas tradicionales han mantenido los principios profundamente arraigados que caracterizaron la moralidad humana básica desde los primeros tiempos. La activista social comanche LaDonna Harris ha identificado cuatro valores centrales conocidos como las cuatro R que comparten los pueblos indígenas de todo el mundo, que juntos afirman la interconexión de todos los aspectos de la creación: Relación, Responsabilidad, Reciprocidad y Redistribución. Cada uno de ellos pertenece a diferentes tipos de obligaciones que informan la vida de una persona. La relación es una obligación de relación, reconociendo el valor no sólo en la familia sino en "todas nuestras relaciones", incluyendo los animales, las plantas y la Tierra viviente. La responsabilidad es la obligación de la comunidad, identificando el imperativo de nutrir y cuidar esas relaciones. La reciprocidad es una obligación cíclica de equilibrar lo que se da y lo que se toma; y la redistribución es la obligación de compartir lo que se posee, no sólo la riqueza material, sino las habilidades, el tiempo y la energía de cada uno.


Otras fuentes de sabiduría, como el taoísmo, el budismo o el confucionismo, ofrecen cada una enseñanzas únicas sobre las implicaciones éticas de la unidad fundamental de toda la vida. "Todo, desde... el marido, la mujer y los amigos, hasta las montañas, los ríos... los pájaros, las bestias y las plantas, todo debe ser verdaderamente amado para que se pueda alcanzar la unidad", declaró el sabio neoconfuciano Wang Yangming.


Nuestra tarea crucial es incorporar estos principios de la sabiduría tradicional en un sistema integrado de valores que pueda redirigir a la humanidad lejos de la catástrofe, y hacia un futuro floreciente. Uno en el que nuestra identidad compartida se expanda más allá de las fronteras parroquiales para incluir, no sólo a toda la humanidad, sino a todos los seres sensibles, y la vitalidad de toda la Tierra viviente. En última instancia, son nuestros valores los que guían nuestras acciones y darán forma a nuestro futuro.


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