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¿Por qué el derecho ambiental lleva 50 años fracasando?

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    Homo consciens
  • hace 21 horas
  • 21 Min. de lectura

El derecho protege lo que denomina: igualdad, libertad, dignidad, seguridad. Nunca ha mencionado su condición fundamental: la habitabilidad.


P: El G7 de medio ambiente acaba de terminar en París sin una sola declaración sobre el clima. Al mismo tiempo, mientras la guerra en Medio Oriente hace subir el precio del petróleo, 50 países se reúnen en Colombia para intentar salir de las energías fósiles. Tres imágenes de un mismo mundo que ya no sabe qué hacer con su derecho ambiental. Hola Laurent Néret. Usted es jurista. Hola Baptiste Morizot. Usted es filósofo. Ambos publican un texto breve en Gallimard titulado Liberté, dignité, habitabilité : Donner au siècle la valeur qui lui manque. ¿Por qué le interesa el derecho, Baptiste Morizot, siendo usted filósofo?

Baptiste Morizot: El derecho me interesa por las potencialidades de alterar la realidad a través del pensamiento. Pero sobre todo me interesa porque Laurent vino a buscarme para que pudiéramos investigar juntos esta cuestión. Y, bueno, diez años después de ese éxito histórico de la COP21 y del Acuerdo de París, se sentía también que la fuerza podía en cualquier momento volverse contra el derecho. Y entonces esta pregunta que nos inquieta a todos: frente a un catálogo de normas distribuidas en códigos, en tratados multilaterales —más de 500 tratados en el mundo que conciernen al medio ambiente o al clima—, ¿por qué la situación sigue siendo tan catastrófica?

Laurent Néret: Y es esta pregunta la que, en nuestro encuentro hace más de diez años con Baptiste Morizot, me llevó a recurrir a su pensamiento, en la medida en que la fuerza de las ideas en el derecho, el hecho de nombrar las cosas, de encontrar valores, es lo que puede permitir consolidar allí donde hay una debilidad, que era la que diagnosticábamos.


P: Pero como cada vez nos cuesta más creer en el derecho, especialmente en el derecho internacional, podríamos hacer el mismo razonamiento, lo mencionábamos recién con los temas internacionales vinculados a la ONU. Es, un poco, una forma de desilusionarse respecto de las instancias jurídicas internacionales. Seguramente el contexto actual puede enfrentarnos a una forma de impotencia. Pero eso es una manera de ver las cosas.

Laurent Néret: Es real, pero la historia no está solamente ahí. No está solamente en quienes pisotean el derecho. Un ejemplo: si el derecho ya no tuviera importancia a escala internacional, quienes lo vulneran no harían tantos gestos ni tanta puesta en escena para legitimar ataques que cometen, injustos, innobles, en nombre del derecho.

Esa es la razón por la cual el derecho, aunque ciertamente atacado, sigue estando en el centro de los desafíos de este siglo.


P: Bueno, en cualquier caso, hubo un G7 de medio ambiente que eligió dejar de lado la palabra “clima” para no incomodar a Estados Unidos. Eso es lo que evocó la ministra Monique Barbu: “El clima planteado directamente, lo digo sin rodeos, no forma parte.” Baptiste Morizot, un comentario sobre esta pequeña omisión.

Baptiste Morizot: Dos cosas. Primero, las presiones políticas que conocemos y que tienen esencialmente que ver con una complacencia hacia la superpotencia estadounidense. Y eso, a mi entender, es una excelente noticia.

La superpotencia estadounidense renunció a esa ficción útil y decisiva que es el derecho internacional en las cuestiones climáticas y, en este caso, eso implica que las potencias medias estén hoy en posición de retomar el liderazgo sobre estos temas.

La segunda cosa es que, para nosotros, esto es un síntoma de que, las palabras de las que heredamos para proteger las condiciones de la vida en el planeta no están a la altura.

Si uno quiere una vida nueva, necesitará palabras nuevas, como dice Laurent Néret. Y aquí eso no es para nada anodino. Lo que nos falta —esa es la hipótesis que defendemos en el libro después de diez años de investigación— es un valor protegido que tenga una importancia cardinal, como la libertad, la igualdad, la dignidad, están en el derecho. Si yo les digo “libertad, igualdad, clima”, ustedes se ríen, suena extraño al oído. El clima es un objeto exterior a nosotros y no un valor protegido, que es lo que finalmente le permite al derecho hacer la diferencia, hacer justicia. Es una condición, una condición de posibilidad. Y por eso llamamos a la necesidad de reconocer la habitabilidad como un valor cardinal.


P: Pero da la impresión de que estamos viviendo una especie de retroceso en ese aspecto.

Baptiste Morizot: No, hay que distinguir los movimientos de superficie y los movimientos de fondo. Hay un torrente superficial, espectacular, brutal, esencialmente ligado, diría yo, a la frenesí imperialista de mantenimiento del poder por parte de Estados Unidos por un lado, y de expansión por parte de China por el otro, y que evidentemente acapara la agenda mediática en proporciones aterradoras. Y luego está el río subterráneo, más lento, más paciente, que es el río del derecho, y que, por el contrario, cuando se lo lee bajo el prisma de la habitabilidad, manifiesta avances significativos en el más alto nivel, en el nivel de las altas cortes, y sobre eso Laurent quizá pueda decir una palabra.

Laurent Nere: Sí. Me gustaría compartir nuestro diagnóstico, que hasta ahora era un poco como una evidencia invisible, como la carta robada en medio de la habitación y que nadie ve. Es esta idea según la cual, si el derecho carece de fuerza, no es porque no la tenga, sino porque hay un agujero en los cimientos. No existe un valor que sirva para nombrar aquello que protegemos con el derecho ambiental.

Cuando condeno el robo, protejo la propiedad. Cuando condeno el homicidio, protejo la vida. Cuando condeno el terrorismo, protejo la seguridad de la nación. Y entonces, cuando protejo el medio ambiente, cuando se atenta contra el medio ambiente, ¿qué es lo que protegemos?

Ahí es donde hacemos este diagnóstico, y ahí es donde proponemos como valor protegido —para darle fuerza a las reglas ambientales— el principio de habitabilidad. Eso nos permite ver de otra manera ese movimiento subterráneo del que habla Baptiste Morizot, es decir, fuerzas que están dispersas pero que son poderosas. Un movimiento potente, latente, de decisiones judiciales del que podremos volver a hablar, y que muestra claramente que el movimiento también va en el sentido de reforzar la protección de la habitabilidad.


P: Entonces, ustedes hablaban del movimiento de superficie. Bueno, al mismo tiempo del G7 está la cumbre de Santa María de la que hablabas, en Colombia y que plantea una salida de las energías fósiles. Bueno, una salida que en parte está dictada —aunque no sé si ustedes lo lamentan— por la coyuntura, que juega poco a favor de esas energías. ¿Eso quiere decir que esta cumbre es una manera de recuperar la esperanza?

Baptiste Morizot: Eso forma parte del paisaje geopolítico de la cuestión, que hay que tomar en cuenta no, a mi entender, en el contexto de una esperanza, sino en el contexto de qué dirección es necesario amplificar.

Muy claramente, aquí el hecho de que las energías fósiles estén ahora asociadas a una pérdida de soberanía, a una fragilidad económica, mientras que antes eran justamente la energía del poder, y que eso lleve a potencias medias como Brasil y Noruega —incluso siendo productores de petróleo— a comprometerse con esta reflexión sobre la salida de los fósiles, forma parte de las señales débiles que nos indican que estamos entrando en otro escenario.

Y lo que para mí es decisivo es que se trata de potencias medias. No hay superpotencias asistiendo a esta cumbre. Y, a mi entender, lo que eso revela es que, cuando las superpotencias abandonaron el espacio colectivo del interés general, bueno, eso coloca a las potencias medias, bajo la forma del multilateralismo —o sea Francia, o sea la vieja Europa— en posición, finalmente, de asumir nuestras responsabilidades sobre el futuro que deseamos.

Laurent Néret: un punto respecto del contexto geopolítico, que es central: esto debería llamar a un despertar, y esta cumbre es ciertamente un llamado a ese despertar.

Lo vemos claramente: esta concentración en las energías fósiles es un atentado contra la habitabilidad y también contra la independencia, contra la seguridad de los Estados y de los ciudadanos del mundo.

Es entonces un llamado a despertar para preservar la seguridad, la independencia y también la habitabilidad para las generaciones actuales y las generaciones futuras.


P: Sí, pero justamente da la impresión de que el derecho, en realidad, es casi peor de lo que imaginábamos. No solamente el derecho no protege, sino que amenaza, en el sentido de que tenemos la sensación de que protege más bien las inversiones fósiles.

Laurent Néret: Es un rostro, quizá el rostro de Jano con sus dos caras, y creo que es importante ser lúcidos, no ser ingenuos. Esa es la primera cara de la que usted habla, efectivamente difícil: la que manipula el derecho, lo que hacen actualmente ciertas grandes potencias.

Y después está la otra cara, esta cara que hoy está del lado de la resistencia, y hay que resistir, y que muestra que esa no es toda la historia. Y yo creo mucho en que todas las semillas sembradas en ese sentido pueden brotar, van a brotar.

El Acuerdo de París, por ejemplo, en 2015, muchos lo firmaron —Estados Unidos en primer lugar— estando seguros de que no tenía valor vinculante ni carácter obligatorio.

Y sin embargo hoy lo vemos: las decisiones judiciales en los Países Bajos, las decisiones judiciales en Francia, en Alemania, en Colombia, se apoyan actualmente en el Acuerdo de París para condenar a los Estados. Y eso no es una señal banal, es la señal de una realidad: que aquellos mismos que quieren desviar el derecho, en un momento dado terminan recibiéndolo de vuelta, simplemente porque se trata de hacer justicia.


P: Bueno, pero hoy un inversor petrolero puede demandar a un Estado que decidiera cerrar un yacimiento. Puede hacerlo.

Laurent Néret: Puede hacerlo ¿Va necesariamente a ganar? Eso es otra.

Es decir, existe lo que podríamos calificar, para simplificarlo a los oyentes, como una especie de orden público superior, que permite que, mucho tiempo después de haber firmado un tratado de inversión que efectivamente habilitaba pensar que podían existir extracciones fósiles o minas, se pueda volver sobre eso porque el estado del mundo exige hacerlo.

Y en nombre de esta forma de orden público superior, si consideramos —y creo que si hiciéramos una encuesta todos podríamos considerar que la habitabilidad es un interés mayor y superior— entonces en ese caso se puede legitimar y justificar que esas inversiones sean suspendidas.


P: Baptiste Morizot, ¿una reacción respecto a esto?

Baptiste Morizot: A mi entender, en realidad no estamos en el espacio correcto de debate, precisamente porque estamos en esta situación característica de tener que movilizar las palabras de la potencia adversa para nombrar la situación.

Y ese es justamente el punto que quiero hacer visible en nuestra reflexión y en la razón por la cual estamos acá: el edificio del derecho no es monolítico. El derecho como totalidad no existe. Dentro del mundo del derecho hay toda una serie de fuerzas.

Y la cuestión es: ¿dónde están las grietas? ¿Dónde están las puertas estrechas para amplificar el derecho que protege y del cual heredamos una tradición magnífica y eminente, frente al derecho que favorece la destrucción?

Y es en ese sentido que, con Laurent, proponemos un paralelo que es decisivo. Si hacemos la hipótesis de que lo que falta en el derecho es un valor protegido de importancia cardinal, entonces la pregunta pasa a ser: de acuerdo, ¿pero es posible que el derecho se dote de un valor cardinal?

Eso parece, diría yo, una ambición colosal.


P: ¿Por qué no sería posible?

Baptiste Morizot: Bueno, si les digo que los valores cardinales de los que hablamos son la libertad, la igualdad, la propiedad… son objetos de una importancia tal que casi hemos olvidado cómo emergieron en la historia del derecho.

Pero lo fascinante es que existe un precedente muy cercano a nosotros y que es decisivo. Es, en el siglo XX, la emergencia de la dignidad después de Núremberg.

Y ahí sucede algo que para nosotros es decisivo.

En Núremberg, la opinión pública, la sociedad internacional en el corazón de Europa, se enfrenta a crímenes que superan el entendimiento: las atrocidades nazis. Y tiene el sentimiento de que lo que ocurre allí hiere el sentido moral de la humanidad. Son las palabras del fiscal Jackson.

Y en respuesta a eso, decide que el derecho existente no está a la altura para responder a lo que sucedió y que es necesario formular nuevos crímenes: el crimen contra la humanidad, el genocidio, pero sobre todo, paralelamente, formular el valor protegido por esos crímenes. Y ahí emerge la dignidad humana.

Luego vendrá el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, después la Constitución alemana y toda una serie de textos.

Ahora bien, evidentemente, no estoy comparando las atrocidades nazis con los crímenes ambientales, con las agresiones actuales. Lo que comparo es la necesidad de una época, la capacidad de un momento de la historia de convocar al derecho para que esté a la altura de los desafíos.

Y eso es lo que está en juego hoy porque, en ciertos aspectos, estamos en una situación análoga.


P: Pero Laurent Néret, ¿es verdaderamente eso? Es decir, ¿la idea de tener que producir una ruptura semejante a la que evocaba Baptiste Morizot?

Laurent Néret: Estoy convencido de ello porque, en derecho, nombrar es normar, y nombrar mal las cosas o no nombrarlas es agregar desgracia al mundo. Usted conoce esa frase.

Claramente, si nombramos aquello que protegemos, entonces damos herramientas al juez, damos herramientas a los ciudadanos, damos herramientas a las empresas para poder orientarse en esa puesta en balance que es el símbolo mismo de la justicia entre intereses en conflicto, porque necesariamente existen intereses en conflicto.

Y lo interesante del paralelo con Núremberg es esta idea según la cual no se trata de producir una especie de consagración en una herramienta simbólica de la habitabilidad, sino más bien de imaginar una siembra plural.

Así como la dignidad sirvió para proteger a los enfermos, para proteger a la persona, a las mujeres embarazadas, a los detenidos, a los migrantes, bueno, la habitabilidad puede también tener ese movimiento plural en todas las capas de la sociedad.


P:Bueno, vamos a intentar abordar esta noción de habitabilidad y ver cómo podemos construirla, y por lo tanto intentar pensar este valor.

Ustedes dicen: “darle al siglo el valor que le falta”. Vamos a ver qué significa eso.

¿Qué designan ustedes con ella? ¿Qué pistas puede abrir en este campo?

Baptiste Morizot: La habitabilidad es la propiedad de un medio de ser habitable. Es decir, un medio donde la vida puede sobrevivir pero también prosperar, donde experimentar es posible, donde podemos hacer sociedad.

Y, en ese sentido, la habitabilidad es la condición de todos los valores protegidos, de todo aquello a lo que damos importancia. No hay libertad posible en un medio inhabitable. No hay igualdad en un medio inhabitable. No hay ninguna dignidad posible en un medio inhabitable. Y la paradoja es que nuestro derecho protege esos grandes valores —libertad, igualdad, dignidad—, pero no protege la condición que los hace posibles, que es la habitabilidad.

E incluso, al contrario, defiende una libertad de emprender que, en muchos contextos, atenta contra las condiciones de la vida, que son justamente los fundamentos mismos de la estabilidad de nuestras sociedades, de la estabilidad de nuestras economías y de la posibilidad de prosperar.

P: Denos ejemplos, Baptiste Morizot. Un ejemplo simple.

Baptiste Morizot: Usted permite el uso masivo de pesticidas de síntesis que generan potenciales altos rendimientos en una agricultura extremadamente frágil, completamente dependiente del petróleo, y que envenena los suelos, envenena las aguas, envenena los cuerpos y que, al hacerlo, no tiene ninguna durabilidad. Entonces se atenta contra la habitabilidad en nombre de la libertad de emprender y, en realidad, exactamente en nombre de favorecer los altos rendimientos de ciertos intereses económicos locales.


P: Pero entonces yo me hice la siguiente pregunta: porque la habitabilidad puede pensarse en diferentes temporalidades. Hoy, por ejemplo, se plantea la cuestión de las energías fósiles, ya que hay un aumento del costo de la energía. Hacer habitable el mundo hoy es permitir que personas que tienen autos que funcionan con gasoil puedan comprar petróleo barato, o al menos más barato que el que se ofrece en las estaciones de servicio. ¿Esa habitabilidad también la tienen en cuenta?

Baptiste Morizot: No, porque eso no es habitabilidad. Eso son problemas de organización de la sociedad. Nosotros hablamos de una base mucho más grave, que tiene que ver simplemente con el funcionamiento mínimo de una economía.

Si usted destruye masivamente aquello que permite que una agricultura sea robusta, resiliente, capaz de enfrentar el trastorno climático que llega —y que vamos a sentir este año de manera exacerbada con el superincendio forestal que llegará este verano—, ahí sí se está atentando contra la habitabilidad.

Entonces, es el fundamento invisible de todos esos temas de actualidad de los que hablamos aquí, pero que no se toman suficientemente en serio. Y la clave es que no se toman en serio porque fueron nombrados “medio ambiente”; es decir, fueron ubicados simbólicamente en el terreno de cuestiones consideradas secundarias.


P: ¿Usted cree que el término termina volviéndose un boomerang?

Baptiste Morizot: Absolutamente. Porque, conceptualmente, es una palabra que designa “el gran afuera”, lo que está al costado del mundo social, una serie de parámetros técnicos a gestionar. Pero nosotros no hablamos de parámetros a gestionar; hablamos de las condiciones de posibilidad para que una sociedad pueda, simplemente, seguir funcionando junta en condiciones decentes.


P: Bueno, pero escuche: ustedes citan en su libro a los polinizadores, la fauna de los suelos, los arrecifes coralinos, etcétera. Todas cosas que, a mi entender, parecen importantes para todos. Pero si intentamos jerarquizarlas —y por eso insistía en la cuestión del tiempo—, porque la política orientada al futuro es algo muy difícil de hacer, podría muy bien haber consenso sobre estos distintos temas, pero decidir que deben postergarse para una segunda etapa.

Laurent Néret: Eso remite a una cuestión bien conocida en derecho, que es la responsabilidad respecto del futuro o respecto de las generaciones futuras.

Seamos claros: en la medida en que el alcance de nuestros actos ya produce efectos que corren el riesgo de volverse más graves o agravarse en el futuro, entonces el futuro ya está aquí. Nosotros somos las generaciones futuras.

Y en derecho, en ese caso, existe una responsabilidad: la de sostener hoy el principio de respeto, sostener hoy todo ese conjunto de normas que no pueden desplazarse hacia el futuro. Entonces no solo no hay ningún riesgo en tratar hoy aquello que podría ocurrir mañana, sino que además hay una responsabilidad de hacerlo, porque es hoy cuando los actos originan esos daños.

Quisiera decir una cosa: cuando Baptiste Morizot evoca el sentido de la habitabilidad, ¿qué nos está diciendo a los juristas? Esa frase presente en el libro: “Sobre una tierra inhabitable, ninguna vida digna es posible”.

La habitabilidad es, por lo tanto, la condición de todos los valores. Y es bajo este prisma, con esta nueva mirada, que podemos ver de otra manera un movimiento que, por el momento, no tiene coherencia de conjunto, pero que puede ser poderoso y para el cual hay que acelerar.

Daré algunos ejemplos, tres ejemplos.

Primero, el derecho está cambiando de naturaleza. Usted citó muchas reglas ambientales y todos tenemos la sensación de que son simplemente declaraciones simbólicas. Pero vemos que, bajo la presión de los ciudadanos, de los activistas y por una necesidad de justicia, ese derecho se vuelve cada vez más obligatorio.

Además, lo que hasta ahora era legal —organizado mediante procedimientos, límites a respetar, pero finalmente contaminaciones autorizadas— hoy empieza a volverse ilegal.

Citaré una decisión histórica de la Corte Internacional de Justicia emitida este verano. La Corte Internacional de Justicia debía responder a la pregunta: ¿existe una obligación de los Estados en materia de preservación del clima?

La Corte respondió que sí. Pero respondió en términos absolutamente magníficos y muy contundentes, que me marcaron profundamente. Creo que estamos aquí en un punto de inflexión.

La Corte nos dice que, desde el punto de vista más elevado del derecho —es decir, en la cima de la jerarquía de valores—, los componentes de aquello que une a los ecosistemas, de aquello que los vuelve interdependientes, de aquello que permite que la vida sea duradera, pues bien, todos esos comportamientos deben ser protegidos.

Un comportamiento que daña ecosistemas interdependientes que hacen posible una vida durable, ese tipo de comportamiento está prohibido.


P: Baptiste Morizot, me gustaría que tomáramos un ejemplo concreto de la función de un valor cardinal. Usted escribe sobre el ejemplo de los pesticidas y las napas freáticas.

Baptiste Morizot: Sí, creo que es una manera bastante clara de entrar en el tema, porque usted evocaba hace un momento el problema del tiempo. Y es muy interesante posicionarse sobre esa cuestión.

Sospecho que no es un problema de tiempo, porque los atentados actuales contra la habitabilidad son contemporáneos y producen efectos que vamos a vivir, que ya vivimos. No es un problema de tiempo; es un problema de jerarquización de la importancia. Ese es mi punto.

Heredamos una gramática del orden jurídico que dice: “Las cosas más importantes son los valores que conciernen a los seres humanos: la libertad, la dignidad, la propiedad. Y el medio ambiente es fundamentalmente secundario”.

Y eso quizá tenía sentido en un mundo en el que no éramos capaces de dañar lo que llamábamos “el medio ambiente” hasta el punto de fragilizar las propias condiciones de expresión de la libertad, de la dignidad y de la igualdad.

Entonces, concretamente, ¿qué ocurre?

Si yo le digo: “Le prohíbo torturar”, normalmente usted no queda completamente escandalizado. Sin embargo, al hacerlo, limito su libertad. Y la libertad es un valor protegido de importancia cardinal.

¿Por qué? Precisamente porque limito su libertad en nombre de otro valor protegido, que es la dignidad.

Si limito su libertad de esparcir pesticidas cerca de una fuente de agua, nuevamente se impide una libertad cardinal. Pero, ¿en nombre de qué lo hago?

Pues bien, la respuesta suele ser: “restricción administrativa”, “reglamentación ambiental”.

Y ahí comprendemos muy bien el sentimiento de injusticia que puede atravesar no solo al mundo agrícola, sino al conjunto de la sociedad y, en particular, a los más desfavorecidos, desde el momento en que se les exige renunciar a ciertas prácticas en nombre de restricciones ambientales.

El problema está ligado al hecho de que todavía no formulamos colectivamente el valor cardinal que está en juego aquí.

Castigamos comportamientos sin decir en nombre de qué los castigamos. Pedimos cambios de modo de vida sin explicar realmente el alcance de lo que está en juego.

Y lo que está en juego es que esparcir pesticidas cerca de una fuente de agua, con todos los efectos en cascada sobre los cuerpos, sobre las aguas y sobre la robustez de la agricultura, constituye un atentado contra un valor cardinal: la habitabilidad, que condiciona la expresión de los demás valores.


P: Bueno, pero ahí, por ejemplo, supimos, Laurent Neyret, que 19 millones de franceses bebieron en 2024 agua no apta para el consumo al menos una vez durante el año. ¿Qué hacemos, por ejemplo, frente a ese tipo de atentados?

Laurent Neyret: Sabe, los ciudadanos viven la justicia, la sienten; la justicia no se decreta. Y lo que sentimos frente a la actualidad que usted evoca, así como frente a las discusiones sobre leyes que permiten excepciones para ciertos neonicotinoides, es que existe una forma de desfasaje entre un derecho técnico, seguramente muy bien elaborado —es decir, argumentado, parametrizado—, y luego el alcance real que tiene, la injusticia que puede producir.


Y creo que ahí es donde estamos hoy con las reglas del derecho ambiental.

Ahí es donde estamos con la habitabilidad: ella nos permite diagnosticar lo injusto allí donde, hasta ahora, solo veíamos algo reglamentario.

Nos permite decir: “Esto es inaceptable”, porque no se puede negociar un derecho a un ambiente sano, el derecho a la seguridad, frente a otras libertades o intereses generales que tal vez sean intereses generales secundarios.

Hasta ahora existía la Carta del Medio Ambiente, que es importante, esencial, y sobre la cual hay decisiones judiciales significativas. Pero la Carta del Medio Ambiente contiene claramente una serie de artículos de segundo orden.



P: Bueno, detrás de todo esto, y usted evocaba, Baptiste Morizot, el caso de Núremberg, no para hacer un paralelo, sino para hablar de ciertos crímenes que eran crímenes sin precedentes y que justificaban entonces términos nuevos, nociones jurídicas nuevas. El ecocidio también sería un crimen sin precedentes que justificaría nuevas caracterizaciones jurídicas.

Baptiste Morizot: El ecocidio, entre otras cosas, entre toda una serie de innovaciones jurídicas que emergen aquí y allá, es, diría yo, uno de los rostros posibles de lo que intentamos llamar un atentado contra la habitabilidad.

Pero creo que, una vez más, hay que recordar que no se puede formular ni hacer aceptar socialmente un crimen, cualquiera sea su magnitud, si antes no se formuló el valor protegido que ese crimen busca defender.

Y entonces, el verdadero desafío es, primero, ponernos colectivamente de acuerdo sobre aquello a lo que damos valor. Y diría que de manera totalmente transversal a los partidos, de manera totalmente independiente de cualquier sensibilidad hacia las pequeñas flores o las abejas. Hablo aquí del hecho de que colectivamente nos equivocamos respecto de lo que llamamos “medio ambiente”. No son paisajes bonitos: son los lugares y los entornos que hacen posibles nuestras vidas, nuestras sociedades funcionales, nuestras economías productivas y nuestra salud floreciente.


P: Bueno, entonces voy a intentar mostrarles que esta noción podría retorcerse. Tomemos, por ejemplo, la cuestión del agua que mencioné recién, diciendo que 19 millones de franceses habían consumido al menos una vez en 2024 agua no apta para el consumo. Imaginemos que elegimos la solución libertaria. Entonces, privatizamos la totalidad del agua de la superficie del planeta o del subsuelo, porque muchas veces el agua está contenida en las napas freáticas. Si me convierto en propietario de esa agua, podría llevar adelante una cierta cantidad de acciones jurídicas contra quienes la contaminan.

Laurent Neyret: Es interesante su observación porque, efectivamente, remite a algo que diagnosticamos durante nuestra reflexión sobre lo que sería un estatuto mágico o un estatuto trágico. Como si existiera una obsesión estatutaria según la cual, dependiendo de si la naturaleza —uso este término, que no es el correcto— es apropiable o titular de derechos, entonces podríamos protegerla o destruirla. En realidad, la situación es mucho más compleja.

Voy a darles un ejemplo que permite hablar de la realidad en otro país, Chile. En Chile, justamente, el agua es un bien privado, y esa es la razón por la cual se inició un movimiento de reforma constitucional, no por una cuestión de organización de poderes, sino porque el agua, como bien común, estaba apropiada y, claramente, las contaminaciones eran contaminaciones de las que no se podía escapar porque el propietario no era protector.

Quisiera agregar solo un punto: la habitabilidad es para todo el mundo, para todos o para nadie. No se puede negociar. Y eso me recuerda ese poema de Victor Hugo que ustedes conocen sobre el amor de una madre: “Cada uno tiene su parte y todos lo tienen entero”.


P: Eso es lo que me inspira su reflexión sobre la apropiación del agua. No es solamente algo que pertenece al ámbito de lo simbólico, porque en derecho eso es importante. Por ejemplo, el derecho de propiedad. De todos modos, hay dos soluciones que son completamente opuestas entre sí: o bien se privatiza el agua, y en ese caso un río se convierte en su propiedad y usted inicia acciones judiciales contra todos aquellos que quieran efectivamente dañarlo, si es un buen propietario, porque también tiene el derecho de ser un mal propietario; o bien se considera que el río tiene una existencia como entidad moral distinta.

Laurent Neyret: Tal vez sería interesante releer estos movimientos de evolución del derecho, ya sea los derechos de propiedad a través de los bienes comunes, o bien los derechos de la naturaleza a través del prisma de la habitabilidad.

Baptiste Morizot: No es el problema correcto, y precisamente eso es lo que llamamos la obsesión estatutaria. La cuestión de saber si el río es una propiedad privada —lo cual además no tiene ningún fundamento jurídico posible, al menos en nuestra tradición— o una persona, no es el verdadero tema. El tema es saber qué es lo fundamental en todo este asunto: las relaciones que mantenemos con los entornos, cualquiera sea el estatuto que les otorguemos. Y eso es justamente lo que produce una valor protegido.

El problema debe ser diagnosticado en el lugar correcto del derecho. El derecho es un laberinto extremadamente complejo, que tiene una historia, una grandeza y una complejidad. Y el desafío es encontrar en qué punto se encuentra actualmente una de sus carencias.

Y nuestra hipótesis es que esa carencia no tiene que ver con el estatuto. No tiene que ver con el estatuto privado o público, con ser persona o cosa. Tiene que ver con la ausencia de un valor protegido que permita hacer justicia respecto de las condiciones de la vida, las condiciones de una sociedad estable y de una economía próspera.


P: Bueno, y otro tema completamente distinto: el relativo a la ley Duplomb 2.

Unas palabras, sobre este tema. Recuérdenos qué son la ley Duplomb 1 y la Duplomb 2, y por qué esta última suscita su hostilidad.

Laurent Neyret: Yo quisiera, con mi sombrero de profesor de derecho, simplemente recordar dónde estamos hoy. Claramente, tenemos un texto que establece una derogación a la prohibición de ciertos neonicotinoides —también llamados “mata-abejas”— para determinadas prácticas en ciertos cultivos, sobre cuya historia no voy a volver en detalle.

Lo que ocurrió es que, una primera vez, el Consejo Constitucional dijo en 2020 que los neonicotinoides son peligrosos para la salud humana, para los suelos, para la biodiversidad y para las aguas.

En 2025, en agosto de 2025, el Consejo Constitucional francés emitió una decisión histórica porque, al recordar nuevamente eso, dijo que la primera ley Duplomb que usted menciona era una ley que implicaba un retroceso, porque atentaba contra el derecho a un medio ambiente equilibrado y respetuoso de la salud, que está consagrado en el artículo primero. Y, por lo tanto, esa parte de la ley fue anulada.

Luego, el Consejo de Estado, consultado para emitir su opinión, también dijo —y aquí con una argumentación absolutamente sólida, que nos muestra todo el catálogo de riesgos sanitarios y ambientales— que no le correspondía pronunciarse sobre si la ley era buena o mala, sino solamente examinar, sin prejuzgar lo que diría el Consejo Constitucional si fuera nuevamente consultado, si esto era aceptable o no dentro de ciertos parámetros.

Quisiera concluir diciendo que el estado de espíritu alrededor de esto, la discusión que existe en torno a la ley Duplomb, es una especie de discusión de parámetros: ¿está suficientemente limitada para ciertos sectores?, ¿suficientemente limitada en el tiempo?, ¿suficientemente limitada en el espacio?

Pero la pregunta que nosotros planteamos es: ¿se pueden parametrizar atentados masivos contra la habitabilidad que afectan nuestra salud y también las capacidades y posibilidades de una vida duradera? Ese es el punto de vista jurídico que surge claramente de lo que establece el derecho a un medio ambiente equilibrado y respetuoso de la salud, el primer artículo de la Carta del Medio Ambiente, que tiene valor constitucional.

Y, sin embargo, ese artículo es como si estuviera colocado en un segundo nivel.


Baptiste Morizot:  Está magníficamente dicho, y para nosotros es un síntoma muy claro de la naturaleza del problema.

Tenemos una Carta del Medio Ambiente con valor constitucional. Pero aquí, su artículo primero se pone en balance con lo que se llama “interés general”. Y el “interés general”, tal como está escrito en los textos, es la idea de que la prohibición de los neonicotinoides podría contribuir a generar una distorsión de la competencia. Y eso es lo que se denomina “interés general de Francia”.

Y eso permite derogar el artículo primero: el derecho a un medio ambiente equilibrado y respetuoso de la salud.

¿Qué significa eso? Significa que es un derecho de segundo orden, a pesar de su naturaleza constitucional. Y volvemos así al problema de la jerarquía de las normas. La protección de aquello que produce las condiciones de la vida queda relegada en nuestro derecho. La balanza de la justicia está desequilibrada. El juego es desigual.

Y por eso los arbitrajes terminan favoreciendo sistemáticamente las otras valores protegidos, en detrimento de la condición misma que las protege a todas.


P: Una palabra de cierre.

Laurent Neyret: Sí. Lo que quisiera decir es que no es tan frecuente, en la vida de un jurista y de un investigador, revelar gracias a un término una esperanza: una esperanza dotada de herramientas, una esperanza consciente de las realidades. Pero concretamente, el desafío ahora es que todos puedan apropiarse de la idea de habitabilidad, mediante este movimiento de siembra plural, que es el que permitirá elevar el nivel de protección ambiental, fortalecer la protección del medio ambiente a través del derecho y mediante la fuerza.

Esa es mi conclusión.


P: ¿Una palabra final, Baptiste Morizot?

No, está muy bien.


Y entonces los remito a su obra, de Baptiste Morizot y Laurent Neyret: Liberté, dignité, habitabilité. Donner au siècle la valeur qui lui manque.

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