• Homo consciens

Prolegómenos hacia un capitalismo franciscano



Fuente: The Philosophical Saloon - POR FABIO VIGHI - 15 de febrero de 2021



"La conjuration des imbéciles" es el título de un breve ensayo de Jean Baudrillard publicado en Libération el 7 de mayo de 1997. Reflexionando sobre el éxito político del Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen, Baudrillard arremete contra el moralismo conformista de la izquierda. Dos preguntas de ese texto golpean el corazón de nuestro presente: "¿Es posible hoy en día decir algo insólito, insolente, heterodoxo o paradójico sin ser calificado de ultraderechista? (...)¿Por qué todo lo que es moral, obediente y conformista, que tradicionalmente estaba a la derecha, se ha desplazado a la izquierda?" Baudrillard sostiene que la izquierda, "al despojarse de toda energía política", se ha convertido en "una jurisdicción puramente moral, encarnación de los valores universales, campeona del reino de la Virtud y guardiana de los valores museísticos del Bien y de la Verdad; una jurisdicción que puede pedir cuentas a todos sin tener que rendir cuentas a nadie". Ante este contexto deprimente, "la energía política reprimida cristaliza necesariamente en otra parte: en el campo del enemigo". La izquierda, por tanto, al encarnar el reino de la Virtud, que es también el reino de la mayor hipocresía, sólo puede alimentar el Mal".


El argumento de Baudrillard resulta útil para comprender la obsesión ideológica de nuestra época por el Mal. Las narrativas del Mal que llenan nuestro imaginario colectivo sirven para consolidar la ilusión de que el capitalismo globalizado tiene una base moral. Esta ilusión es cada vez más necesaria para un mundo que ha eliminado todos los referentes externos: un sistema económico global que se acerca a la saturación no puede sostenerse por sí mismo. Cuanto más persevera el capitalismo en liquidar todo lo que se niega a cumplir con sus leyes, más implosiona. Y más se convierte en rehén de una lógica perversa basada en la fantasía de un enemigo feroz dispuesto a aniquilarnos.


El Mal de hoy surge a menudo como una turba populista obscena, esa "cesta de deplorables" (Hillary Clinton) a la que todos amamos odiar. Las fuerzas liberales-democráticas del planeta luchan contra la chusma populista recurriendo al inagotable repertorio narrativo de los cuentos de hadas y de Hollywood, donde el Bien acaba triunfando. Sin embargo, la guerra humanitaria de los moralistas actuales es tan sentida que olvidan convenientemente cómo la humanidad que quieren salvar ya ha sido saqueada, aplastada y, en el mejor de los casos, vendida al mejor postor precisamente por los caballeros del apocalipsis liberal.


Hay una simple afirmación en el texto de Baudrillard que capta perfectamente la hipocresía a la que me refiero: "Se critica a Le Pen por rechazar y excluir a los inmigrantes, pero esto no es nada comparado con los procesos de exclusión social que tienen lugar en todas partes. ¿Por qué limitarse a luchar contra el racismo de los que rechazan a los inmigrantes, cuando la discriminación social está en todas partes, en forma de exclusión, de guetización, de explotación esclavista y de guerra? ¿Por qué empeñarse en ver sólo muros populistas, cuando la propia globalización es cada vez más criminal? Quizá la respuesta sea más sencilla de lo que parece: al señalar con el dedo al malo, nos protegemos del reconocimiento de nuestra íntima connivencia con la violencia sistémica. Es decir, nos protegemos del racismo viral codificado en el ADN de las democracias liberales occidentales, sobre el que se fundan nuestras sagradas identidades y privilegios.


Como ha demostrado Domenico Losurdo, las conquistas civiles de la ideología liberal se establecieron en simbiosis con las tragedias modernas de la esclavitud, la deportación y el genocidio[i]. Estas tragedias vuelven en el proyecto diabólico de la globalización neoliberal. La paradoja que guía el impulso moralista de la "buena política" actual fue perfectamente resumida por Baudrillard:


"Si Le Pen no existiera, habría que inventarlo. Es él quien nos libera del lado malo de nosotros mismos, de la quintaesencia de todo lo peor que hay en nosotros. Por eso está maldito. Pero ay de nosotros si desaparece, porque su desaparición desencadenaría nuestros virus racistas, sexistas y nacionalistas (los tenemos todos) o, simplemente, la negatividad homicida del ser social".


Jean-Marie Le Pen no desapareció. Fue clonado y encajado en un colorido carrusel de monstruos cuya función es distraernos de los procesos reales de devastación socioeconómica que empujan a millones de personas a la miseria, la desesperación y la lucha fratricida por la supervivencia. Esto sugiere que la ideología neoliberal se sostiene no sólo a través de lo que Goethe llamaba "ignorancia activa", o lo que el psicoanálisis conoce como "repudio fetichista", sino también a través de un tipo de moralismo engañoso que inmuniza a quienes lo promueven.


Partiendo del tema filosófico central de Roberto Esposito, la obsesión actual por las vacunas debe leerse como una metáfora inmunológica que describe con precisión nuestro zeitgeist. Si bien la vacunación masiva está firmemente ligada a la lógica del lucro, también capta el funcionamiento de un aparato de poder global que se autoinocula patógenos inmorales y antidemocráticos para estimular la producción de supuestos anticuerpos. Desde Le Pen hasta Trump, desde las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein hasta el terrorismo islámico, desde la narrativa de la pandemia del COVID-19 hasta el programa nuclear de Irán, estamos ante una larga serie de operaciones inmunológicas a través de las cuales se busca legitimar un modelo socioeconómico descaradamente (auto)destructivo descargando su locura asesina en los malhechores del "sabor del mes". Por eso la gobernanza global es fatalmente adicta a las narrativas de emergencia.


Al igual que el coronel Kurtz en Apocalypse Now, el tumor del Mal es producida por el Bien, y debe ser eliminada para ocultar esta vergonzosa verdad. A este respecto, conviene tener presente la inmortal advertencia de Max Horkheimer "Quien no esté dispuesto a hablar del capitalismo, que se calle también sobre el fascismo. [...] El orden totalitario sólo se diferencia de su predecesor burgués en que ha perdido sus inhibiciones"[ii] Por ejemplo, recientemente nos han convencido de que Donald Trump es responsable de todos los horrores de la Tierra, desde la esclavitud, sobre la que se construyeron los Estados Unidos de América, hasta el último virus "apocalíptico". No importa que el imperio del Bien sea responsable del mismo Mal que atribuye al otro. Lo que importa es que el lado blando de nuestra inteligencia no se vea perturbado, porque en el fondo sólo nos importa estar en el lado correcto del Bien: en el lado correcto del universalismo (y de sus bombas), en el lado correcto de un mundo gobernado por el imperialismo turbo-capitalista.


Mientras tanto, los caballeros neoliberales están tejiendo la red del Great Reset, que les gusta definir como más justo, más seguro, más resistente y, obviamente, revestido de energía verde para todos. Basta con echar un vistazo a las páginas web del Foro Económico Mundial (FEM), que se reúne cada año en el barrio suizo de Davos. Allí encontrarán lo que nos espera: una mezcla mortal de "economía de plataforma" capaz de "desbloquear la prosperidad de miles de millones de trabajadores" (¿esclavizados?), y el compromiso de los "activistas corporativos [¡sic!]: empresas que toman medidas concretas ante los retos más destacados a los que nos enfrentamos", es decir, "la crisis climática, la creciente desconexión de las comunidades urbanas y rurales, o incluso la actual pandemia mundial". Nuestros "pioneros del cambio" corporativos también saben que, mientras hilan sus narrativas, deben reinventar la fe, por lo que se apoyan en eslóganes decididamente franciscanos como "Creer en algo, aunque signifique sacrificarlo todo" (¿millones de vidas humanas?).


Bienvenido a 2030. No poseo nada, no tengo privacidad, y la vida nunca ha sido mejor'. No se trata de una parodia cruel, sino del título (de nuevo, muy franciscano) de un breve artículo de Ida Auken (ex ministra de Medio Ambiente y ahora miembro del "Partido Social Liberal Danés") (el artículo fue sacado de la web por el Foro de Davos) que apareció en la web del FEM en 2016[iii] Esencialmente, Auken nos habla del "comunismo" que viene. En un futuro próximo, viviremos en ciudades modelo en las que "no tengo coche. No poseo una casa. No poseo electrodomésticos ni ropa'. Nuestra propiedad privada quedará realmente abolida. Sin embargo, seremos felices, porque en la ciudad de los servicios digitalizados, liberada del tráfico y de la contaminación, 'tenemos acceso al transporte, al alojamiento, a la comida y a todas las cosas que necesitamos en nuestra vida diaria'. Tampoco habrá necesidad de "pagar el alquiler", porque cuando salgamos en bicicleta o a recoger margaritas, "alguien más está usando nuestro espacio libre" (¡verdadero comunismo!). La compra será un recuerdo lejano, ya que "el algoritmo lo hará por mí", ya que "conoce mis gustos mejor que yo". Con la robótica en pleno apogeo, el trabajo se convertirá en una actividad placentera: "tiempo de pensar, tiempo de crear y tiempo de desarrollar".


Aunque Auken está realmente preocupada por la gente "que no vive en nuestra ciudad", "los que hemos perdido en el camino", que quizás "han formado pequeñas comunidades de autoabastecimiento", o "se han quedado en las casas vacías y abandonadas de los pequeños pueblos del siglo XIX", y aunque, escribe, "de vez en cuando me molesta el hecho de no tener ninguna privacidad real", ya que "en algún lugar, todo lo que hago, pienso y sueño [¡sic! ] queda registrado', a pesar de estas pequeñas complicaciones, la vida será 'mucho mejor', porque habremos vencido 'todas estas cosas terribles que están ocurriendo: las enfermedades del estilo de vida, el cambio climático, la crisis de los refugiados, la degradación del medio ambiente, las ciudades completamente congestionadas, la contaminación del agua, la contaminación del aire, el malestar social y el desempleo'.


Sólo hace falta un pequeño esfuerzo de imaginación para ver cómo este utópico cuento de hadas es en realidad una pesadilla distópica, por la sencilla razón de que si ya no poseemos nada es porque, tras "disciplinar" a los pobres y despojar a las clases medias de todo acceso a los medios de subsistencia, la élite mundial será realmente dueña de todo. Ya ahora, en una época de reestructuración pandémica, las grandes instituciones financieras neoliberales (FMI, Banco Mundial, etc.) "ayudan" a los países pobres al borde de la quiebra a fuerza de "préstamos generosos", al tiempo que apoyan los más estrictos bloqueos[iv] Como escribió Daniel Guérin en 1936 "Cuando la crisis económica se agudiza, cuando la tasa de ganancia se hunde hacia el cero, la burguesía sólo ve una manera de restablecer sus beneficios: vacía los bolsillos del pueblo hasta el último céntimo". El mensaje final de Guérin, al igual que el de Horkheimer, fue claro: "todo antifascismo es una frágil ilusión si se limita a medidas defensivas y no tiene como objetivo aplastar al propio capitalismo"[vi] ¿Cómo no ver que en el corazón de la "destrucción creativa" (Schumpeter) de hoy no hay otra cosa que un nuevo "fascismo del gran capital", parafraseando el título del libro de Guérin? El objetivo del psicodrama pandémico que se nos impone es la devastación de lo que queda de la economía real, encaminada a la estipulación de un nuevo contrato social leviatánico (el Great Reset) en el que nuestra propia supervivencia dependerá de la intervención "caritativa" de las instituciones monetarias supranacionales.


La "nueva normalidad" es la remodelación de la humanidad para que acepte el Capitalismo 4.0, basado en la cuarta revolución industrial. La gobernanza mundial en el ámbito de la bioseguridad es hoy la expresión más evidente de este despotismo, que encuentra su perfecta expresión económica en el llamado "capitalismo de los grupos de interés": mientras engullen enormes beneficios bursátiles, los directivos y accionistas de las grandes multinacionales controlan también un poderoso frente político y mediático impulsado por la sensibilidad filantrópica. Se trata de la mayor paradoja de nuestro tiempo: el 0,1% -los ganadores de la globalización, la clase más depredadora de la historia de la humanidad (desde Bill Gates a Warren Buffett, Bill Clinton, Mark Zuckerberg, George Soros, etc.)- también se compromete socialmente a apoyar causas nobles como la salud y la lucha contra el hambre en el mundo. Gracias a sus donaciones, estos profetas filantrópicos del capitalismo franco ejercen una influencia cada vez más despótica sobre los gobiernos y sus frágiles instituciones. El entrelazamiento de dinero, poder y alianzas de grupos de presión priva a la política de las últimas migajas de autonomía potencial, hasta el punto de que las democracias de todo el planeta reciben ahora a nuestros depredadores filantrópicos con los brazos abiertos, sin ni siquiera hacer preguntas. El chantaje moral funciona, lo que también significa que la implosión capitalista no es necesariamente explosiva: no produce automáticamente contradicciones revolucionarias, como creen muchos marxistas. Más bien, en su fase actual, la implosión del capitalismo vuelve a generar su propia disuasión fascista. Centrar nuestra energía en la lucha contra cualquier otra cosa es, quizás, el error más peligroso.



Notas


[i] Domenico Losurdo, Liberalismo: una contrahistoria (Londres y Nueva York: Verso, 2011).


[ii] Max Horkheimer, "Los judíos y Europa", en E. Bronner y D. Kellner (eds.), Critical Theory and Society. A Reader (Londres y Nueva York: Routledge, 1989), pp. 77-94 (78).


[iii] El título que figura en la página web del FEM ha sido modificado recientemente.


[iv] Véase el segundo capítulo del "World Economic Ourlook", publicado por el FMI en octubre de 2020: https://www.imf.org/en/Publications/WEO/Issues/2020/09/30/world-economic-outlook-october-2020


[v] Daniel Guérin, Fascism and Big Business (Nueva York - Londres: Pathfinder, 1973), p. 28.


[vi] Ibid, p. 387.

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