• Homo consciens

BAUDRILLARD: del consumismo, la hiperrealidad y la guerra.




Fuente: Le Monde - Por FRÉDÉRIC JOIGNOT - 6 de marzo de 2017

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Toda su vida, el sociólogo y filósofo Jean Baudrillard, fallecido el 6 de marzo de 2007, tuvo el arte de plantar dudas de nuestras ilusiones europeas... En primer lugar, de nuestros sueños de liberación: "Liberación política, liberación sexual, liberación de las fuerzas productivas, liberación de las fuerzas destructivas, liberación de las mujeres, de los niños, de las pulsiones inconscientes, liberación del arte...". Desde los años setenta, todo se ha liberado, escribe en 1990 en La transparencia del mal: "Fue una orgía total de lo real, lo racional, lo sexual, lo crítico..." Y ahora, pregunta, con ese humor patafísico que nunca le ha abandonado, "¿qué hacer después de la orgía?". Estamos, dice, condenados a "simular" y repetir actos liberadores vacíos, ya que sus "propósitos han quedado atrás".


Descubrimos que la liberación por la liberación se vuelve contra sí misma. El sexo libre sin peligro, como el deseo liberado sin miedo, no existe: sólo la "pornografía" sigue creyendo en él, ironiza. El "fin de la historia" anunciado por Francis Fukuyama en 1992, que supuestamente terminaría con la liberalización y la democratización global, es una "ilusión del fin".


En cuanto a la famosa "era de la información" y la libre comunicación en redes virtuales a través de Internet, que se suponía que iba a liberar todas las palabras, todas las expresiones, y extender la convivencia como nunca antes, hace que los intercambios cara a cara, humanizados, sean raros, y devora el mundo real: la pantalla se vuelve total, omnipresente, vivimos dentro de ella, soñamos nuestra vida en ella, como dentro de la "matrix" de los hermanos Wachowski. La realidad se aleja. Es el "crimen perfecto", advierte Baudrillard.


Finalmente, Europa, nuestro sueño de una Europa libre, protectora y fraternal, ha sido tan positivizada, divinizada y cantada por las élites y los mercados que los ciudadanos, ante las limitaciones que nos imponen, hemos acabado por no ver lo que nos aporta... y por odiarla.


Resumamos... Durante cuarenta años, libro tras libro -más de 50-, Jean Baudrillard se ha complacido maliciosamente en poner patas arriba las bellas creencias de nuestro tiempo -como dice con contundencia el historiador Ludovic Néonelli, autor de La séduction Baudrillard (ENS Beaux Arts, 2007), el hombre sigue perturbando porque era "un total malhechor".


Figura: En Videodrome (1983), de David Cronemberg, el héroe se transforma en un videograbador viviente, las pantallas viven, el mundo virtual y el real se funden como teorizó Jean Baudrillard. Imagen del tráiler de la película. Universal Pictures. Wikimedia Commons


Jean Baudrillard se dio a conocer en 1970 con un ensayo que causó furor, La Sociedad de consumo. Estamos al final de los "Treinta Gloriosos", el crecimiento está aquí, hay casi pleno empleo, los grandes almacenes están llenos, el coche reina, la publicidad invade el espacio y los medios de comunicación, y la televisión conquista el hogar. Baudrillard hace esta observación histórica: en Europa y Estados Unidos, la gente ya no consume para satisfacer las necesidades básicas como en el pasado o después de la guerra, sino para satisfacer deseos cambiantes y efímeros, alimentados por la moda y el marketing, pero también para individualizarse, para diferenciarse de los demás, para competir con ellos, para demostrar un alto estatus social o tribal. Ir de compras se ha convertido en una parte clave de la búsqueda de la felicidad, un signo de éxito personal y una parte omnipresente de la cultura.


El individuo se define ahora por lo que compra y posee, por las marcas que lleva, por su ostentación, por su dandismo, por su posición, sin ver que está poseído por las cosas. El objeto, dice Baudrillard, ha primado sobre el sujeto, que experimenta "como una libertad... lo que está constreñido por la obediencia a un código". El individuo, sin darse cuenta, está alienado por la mercancía.


El filósofo François L'Yvonnet, que dirigió en 2004 el Cahier de L'Herne dedicado a Baudrillard, recuerda que La Sociedad de consumo se ha convertido en "un best-seller de la literatura sociológica": "Se ha hecho de él un libro crítico, en la tradición de 'La sociedad del espectáculo' de Debord", señala, "pero más bien debería verse como el primer momento de una filosofía que se desafía a sí misma a pensar la singularidad total de nuestro tiempo". De hecho, su concepción radical de la alienación y la desrealización del individuo posmoderno, que Baudrillard desarrollaría a lo largo de su vida, apareció en esa época. Marcó su época.


En Francia, los manifestantes de los años setenta, decididos a romper con el sistema, lo reclamaron como propio. También lo hicieron los teóricos de la ecología política y del decrecimiento, desde André Gorz hasta contemporáneos como Dominique Bourg y Serge Latouche. Incluso hoy en día, los pensadores de la izquierda antiliberal, altermundista, antiutilitaria o neomarxista están impregnados de esta crítica al consumo. El filósofo francés Jean-Claude Michéa, que se autodenomina "anarquista conservador", tiene ideas similares (sin conservar el radicalismo político): En 2006, prologó la edición francesa de la obra del historiador estadounidense Christopher Lasch, La cultura del narcisismo, un ensayo pesimista muy influenciado por Baudrillard, que denunciaba, ya en 1979, el individualismo forzado del "hedonismo consumista", basado en la sola satisfacción del ego, olvidando todo altruismo, descuidando la lucha democrática.


  • Dominique Bourg: Energía y clima: nuestras tecnologías no son soluciones milagrosas - aquí

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EL CONSUMO COMO LA ÚLTIMA MORAL

Imagen de la película "La sociedad del espectáculo" dirigida por Guy Debord (1973, película de Simar)


Teóricos como Benjamin Barber, crítico de la "infantilización" de nuestras sociedades por el consumo, la televisión y la publicidad, o Richard Sennet y Robert Putnam, también críticos del ultraliberalismo y de la fetichización de la mercancía, defensores del capitalismo social y de las finanzas controladas por el Estado, lo han reivindicado.


Sin embargo, como dice François L'Yvonnet, "Jean Baudrillard no puede reducirse a un movimiento de ideas o de contestación". Es un "intelectual liberado" que "busca pensar la singularidad total de nuestro tiempo", no un anarquista de derechas como Michéa. Durante la década de los ochenta, su pensamiento sobre nuestras sociedades de consumo se profundizó. Tres libros marcan su evolución: Cultura y Simulacro, La Izquierda divina, América. Influido por las teorías de Marshall McLuhan sobre la omnipresencia física e intelectual de los medios de comunicación, descubre con horror que estamos proyectados en el corazón de una combinación fatal de medios de comunicación, televisión, publicidad, mundos culturales y virtuales: un gigantesco vórtice de pantallas, de bombo informativo y simbólico, de noticias dramáticas y tecnologías que capturan toda nuestra atención, nuestra imaginación, nuestros cuerpos


UN MUNDO DE SIMULACROS

Baudrillard cree que hemos perdido toda distancia crítica con este mundo, porque estamos permanentemente inmersos en él, participamos en él, colaboramos con él, lo mantenemos, lo pensamos, lo autoproducimos, utilizando todas sus tecnologías día y noche, captando constantemente toda su comunicación -radio, televisión, publicidad, escaparates, centros comerciales...- incapaces de vivir fuera de esta llamativa hiperrealidad. En este universo de imágenes, de información torrencial y de simulación del mundo real, la capacidad de fascinación de los medios de comunicación y del anunciante prevalece sobre el mensaje que emiten, la puesta en escena de los telediarios recrea y sustituye al acontecimiento, el anuncio publicitario despliega un mundo utópico. Todo es hiperrealista, comercializado y falso. Es un mundo de simulacros donde "el simulacro es verdadero".



Figura: "El medio es el mensaje": esta es una de las ideas fuerza de Marshall McLuhan. Las propias tecnologías de la comunicación, su puesta en escena, su interfaz, nos conforman tanto como los contenidos que difunden. La realidad se convierte en pantalla. Fuente: mcluhangalaxy.wordpress.com/


En sus textos, hasta los años 2000, multiplica los ejemplos para ilustrar la "hiperrealidad" de esta "proliferación de simulacros": la "izquierda divina" pretende "cambiar la vida" pero sólo gestiona la crisis, como la derecha; los centros de las ciudades y las atracciones turísticas se transforman en museos y la calle ya no es "el exterior" sino la continuidad de las estanterías de los grandes almacenes; Se popularizan los cuerpos de ensueño del culturismo y la cirugía estética, y ya no se permite la existencia del cuerpo envejecido y enfermo (que sigue existiendo); las celebraciones televisadas de un acontecimiento espectacular -la Guerra del Golfo o la muerte de Diana- salpican nuestra vida pasional y política; la telerrealidad emocional se apodera del entretenimiento y compite con el arte cinematográfico.


En este mundo post-real, toda subversión, toda crítica es "recuperada" y transformada en un nuevo simulacro - como los anuncios de chicles que utilizan el rock rebelde como banda sonora y secuestran las pintadas de mayo del 68 en eslóganes.


Imágen: Toda rebeldía es recuperada por el mundo comercial. La publicidad secuestra y reutiliza las consignas poéticas de Mayo del 68... Acá la frase del mayo francés: "Sous les pavés, la plage!" que significa "¡Bajo los adoquines, hay una playa!" utilizada para vender salmón.


Esta teoría de un mundo de simulacros, que Edgar Morin nos confiesa que siempre le ha "estimulado" - "Baudrillard", dice, "se destaca por desagregar lo evidente y mostrar lo poco que hay en la realidad"- se difundirá ampliamente en Estados Unidos. A principios de la década de 1980, Jean Baudrillard se convirtió, junto con Gilles Deleuze, Jacques Derrida y Michel Foucault, en una figura de la Teoría Francesa, la base teórica tomada de los filósofos franceses que iba a sacudir el pensamiento crítico estadounidense.


Todavía hoy, la revista en línea International Journal of Baudrillard Studies (IJBS) sigue siendo testigo del interés que despierta. En octubre de 2007, le rindió homenaje con textos firmados por decenas de intelectuales, académicos y artistas. La filósofa Sylvere Lotringer, directora de la revista Semiotext(e), escribió: "Pocos artistas del otro lado del Atlántico se habían dado cuenta de que estaba proclamando el fin del principio de realidad al que seguían aferrándose por costumbre". El profesor de sociología McKenzie Wark argumenta: "Según Baudrillard, nuestra fe en la realidad es sólo una forma elemental de vida religiosa. Aunque hay una plétora de filósofos "realistas", especialmente en Estados Unidos, nadie se atreve a cuestionar la propia realidad." En julio de 2016, el IJBS publicó una columna: "Cosas baudrillardianas que flotan en el ciberespacio".


Incluso más allá de los intelectuales, la influencia de Baudrillard se ha dejado sentir también en el cine de ciencia ficción, como ha demostrado el historiador de las ideas François Cusset en su ensayo French Theory (La Découverte, 2003). La directora Kathryn Bigelow hablaba de ella en IJBS en octubre de 2007, a propósito de su película Días extraños (1995): "Su anticipación de la hiperrealidad de un mundo en el que la imagen parece más real que el original ha sido una inspiración constante, como un baño revelador de la fotografía, coloreando cada plano, dando forma a la película".


El historiador del cine Jean-Baptiste Thoret enumera en el Cahier de L'Herne las numerosas películas bañadas en una atmósfera "baudrillardiana", en el sentido de que expresan, dice, "la sensación difusa de un mundo que trama, bajo control, a la vez transparente (todo es visible) y totalmente opaco (todo está oculto), un mundo paradójico en el que lo que se me muestra no es lo que es". Se trata de Videodrome y Crash (David Cronenberg, 1983 y 1996), Dark City (Alex Proyas, 1998), El show de Truman (Peter Weir, 1998) y, por supuesto, la trilogía Matrix de los Wachowski (1999-2003), explícitamente inspirada en Cultura y Simulacro, en la que los humanos sueñan con una realidad electrónica encerrados en capullos conectados a un ordenador central -Baudrillard encontró la película "cruda". Y hoy, el drama de HBO West World presenta un club de vacaciones poblado por simulacros de humanos perfectos.


"LA GUERRA DEL GOLFO NO OCURRIÓ

En los años 90, cuando las redes tejían la red global de la World Wide Web, duplicando el mundo real con un ciberespacio informatizado que multiplicaba las pantallas, y cuando los medios de comunicación cubrían cada día los acontecimientos del mundo con medios inéditos (Guerra del Golfo, Guerra de los Balcanes), Jean Baudrillard tomó nota. Anuncia "el asesinato de la realidad" en dos artículos publicados en Libération y en un ensayo, El Crimen perfecto. Atrapados en un incesante ir y venir, afirma, el mundo real y el virtual y mediático nos envuelven en su "realidad integral". Es como si las cosas se hubieran tragado su espejo y se hubieran vuelto transparentes para sí mismas", escribe, "se ven obligadas a inscribirse en las miles de pantallas en cuyo horizonte no sólo ha desaparecido lo real, sino también la imagen. La realidad ha sido expulsada de la realidad.


Esta es la "pantalla total".


Para ilustrar esta idea radical, publicó en Libération dos resonantes artículos sobre la guerra del Golfo de 1991: "La guerra del Golfo no se producirá" (4 de enero de 1991) y "La guerra del Golfo no ha tenido lugar" (29 de abril de 1991). Sostiene que nadie vio nada de esta guerra, cuya enorme cobertura mediática no mostraba combates, ni cadáveres, ni gotas de sangre, salvo escenas abstractas que recuerdan a los videojuegos: "Esta guerra es una guerra asexuada, quirúrgica, de procesamiento de la guerra, cuyo enemigo sólo aparece como un objetivo en un ordenador. Es una "no guerra".



Imagen: Guerra del Golfo: el mundo entero asiste a una guerra vista desde el cielo, sin muertos, una guerra de alta tecnología, una guerra virtualizada y deshumanizada. Captura de pantalla de la CNN.


Estos artículos suscitarán reacciones agudas. Muchos no entienden que no es la guerra lo que Baudrillard niega, sino la forma espectacular en que nuestro mundo mediático y virtual la escenifica. La pixela. La desvanece. La transforma en un espectáculo apasionante para occidentales hastiados y enganchados a sus pantallas, desconectados de la realidad, convertidos en "papas de sofá" frente a sus televisores o en hombres descorporizados remachados a sus ordenadores.


Pero para el politólogo Philippe Corcuff, la tesis de la evasión de la realidad es el "nihilismo" de un intelectual que hace tiempo renunció a "explorar las complicaciones de la realidad" y a utilizar "las herramientas de la crítica social" (Le Monde, 17 de marzo de 2007). Porque, dice, la Guerra del Golfo tuvo lugar, fuera de la pantalla. Fue responsable de graves pérdidas humanas y de una destrucción masiva: alentó la insurrección de los opositores chiítas y kurdos al régimen de Saddam Hussein, que fue sofocada con sangre. Pero, ¿entendió el mensaje de Baudrillard?



Imagen: Ataque al World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. El poderío estadounidense desafiado por primera vez en la propia América. 2977 personas son quemadas vivas o asfixiadas. Captura de pantalla CNN


Cuando Baudrillard publicó un nuevo artículo provocador, L'Esprit du terrorisme (3 de noviembre de 2001) en Le Monde, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center, donde 3.000 personas fueron asfixiadas y quemadas vivas, las críticas a su nihilismo aumentaron y se redoblaron. Muchos le acusaron de justificar el ataque cuando escribió: "Es muy lógico, e inexorable, que el ascenso del poder (estadounidense) exacerbe el deseo de destruirlo". Le acusan de defender el terrorismo. De excusarlo.


Baudrillard responde que no hace un juicio de valor, sino una observación: la primera potencia mundial no puede gobernar, vender armas a beligerantes que se matan entre sí (como en Oriente Medio) o a dictaduras, participar en la liquidación de la oposición (como en América Latina) y sofocar revueltas sin ser atacada, de todas las maneras, incluso las más sangrientas. Baudrillard no juzga. Toma nota de la estupefacción provocada por el 11 de septiembre


Sin embargo... La crítica más acertada a este artículo la hizo quizá el filósofo Christian Delacampagne, quien se sorprendió de que Jean Baudrillard no tuviera una palabra de compasión por las 2.977 víctimas del atentado, algunas de las cuales se arrojaron por la ventana para no perecer carbonizadas. Era como si, llevado por su teoría del escamoteo del mundo por el ciberespacio y las pantallas de televisión, Baudrillard ya no viera la horrible realidad que acababa de golpear a sus amigos neoyorquinos, que tanto habían contribuido a dar a conocer sus libros, como si hubiera quedado atrapado por su propio pensamiento crítico y hubiera sucumbido a la desrealización que tanto le asustaba...




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