• Homo consciens

Sí, soy un alarmista del clima. El calentamiento global es un crimen contra la humanidad




No puede haber mayor crimen contra la humanidad que la destrucción de las condiciones que hacen posible la vida humana.


Autor: Lawrence Torcello para The Guardian - Abril 2017


La mayoría de nosotros nos hemos preguntado sobre qué es lo que pasó en las sociedades dónde se cometieron crímenes contra la humanidad: ¿por qué no intervinieron más personas? ¿Cómo pueden tantos fingir que no lo saben? Es cierto que los crímenes de lesa humanidad no siempre son fáciles de identificar mientras se desarrollan.


Necesitamos tiempo para reflexionar y analizar, incluso cuando nuestro razonamiento sugiere que el sufrimiento y la muerte humana a gran escala son inminentes. La condena, por principios éticos, de atrocidades a gran escala es, con demasiada frecuencia, un lujo de retrospectiva.


Soy un alarmista del cambio climático porque no hay una manera moralmente responsable de minimizar los peligros que las políticas negligentes -que se espera que aceleren el cambio climático causado por el ser humano- representan para la humanidad.


No puede haber mayor crimen contra la humanidad que la previsible y metódica destrucción de las condiciones que hacen posible la vida humana. La retrospectiva no es necesaria.


Los científicos confirman, con un consenso abrumador, los hechos fundamentales que hacen del calentamiento global antropogénico una clara y presente amenaza para la humanidad y otras especies.


No hay ningún engaño ideológico capaz de alterar la física, la química y la biología básicas. Es éticamente insostenible que la gente inteligente mire para otro lado mientras que los funcionarios electos niegan la realidad, y nuestra oportunidad de evitar una catástrofe se nos escapa.


Sabemos que la aceleración continua del cambio climático traerá más sequías, mares ascendentes, clima más extremo, temporadas de incendios forestales más largas y mareas de tempestad destructivas. Esto, a su vez, provocaría más estrés hídrico, malas cosechas, pobreza, hambre, guerra y crisis de refugiados cada vez más graves.


Sabemos que se espera que el calentamiento ya alcanzado desplace a millones de personas en las regiones bajas. De hecho, al ritmo actual de calentamiento, partes de Oriente Medio, África y el sur de Asia probablemente se volverán inhabitables para las generaciones futuras.


Esto no es un problema para un tiempo lejano. Las personas que leen esto ahora, corren el riesgo de morir por los impactos relacionados con el cambio climático. Cualquiera que afirme que el calentamiento global no es catastrófico está mal informado - o está jugando un juego de privilegio falso. Tal persona es probablemente blanca, hombre, viviendo en una nación rica, políticamente conservadora y de una población relativamente rica.


Es un hecho que los menos responsables del calentamiento global, los pobres del mundo del sur del planeta, son los más vulnerables al cambio climático. Esta realidad tiene profundas implicaciones morales. Naciones insulares enteras del hemisferio sur, como Kiribati, Tuvalu, las Islas Marshall y las Maldivas del Océano Índico, están amenazadas por el aumento del nivel del mar.


Los ciudadanos de estas y otras regiones bajas se verán obligados, o ya lo están haciendo, a irse a otras tierras. Cuando las poblaciones indígenas son desplazadas y sometidas a asimilación forzada constituye una forma de genocidio cultural, y la historia enseña, que el desplazamiento a gran escala de grupos culturales puede aumentar el riesgo de genocidio físico.


Por consiguiente, si una nación adoptara en la actualidad políticas calculadas para destruir culturas y desplazar a pueblos indígenas, como lo hará el cambio climático, suscitaría, con razón, debates internacionales sobre genocidio. Para las poblaciones que se ven obligadas a abandonar su tierra de origen, no importa si la explotación de los recursos se produce en Virginia Occidental o en Papúa Nueva Guinea.


Las implicaciones morales y existenciales del cambio climático causado por el hombre deberían haber desencadenado ya un esfuerzo a gran escala, al estilo de la segunda guerra mundial, para poner fin a la dependencia de los combustibles fósiles y a las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas.


La comunidad mundial debería haber participado en una "carrera armamentista" de energía renovable hace años. En lugar de eso, quemamos tiempo mientras los intereses de los combustibles fósiles financian campañas negligentes de desinformación y los políticos organizan falsos debates sobre la ciencia del cambio climático.


A pesar de los esfuerzos por distorsionar el discurso público, el mundo acordó un plan, en 2015, que podría dar a la humanidad la oportunidad de luchar para evitar un cambio climático catastrófico.


Deshacer este progreso ahora, mientras el tiempo se acaba y la física maneja el reloj, es arriesgarse a condenar a muerte a innumerables personas a causa del clima extremo, el agotamiento de los recursos y la inestabilidad política asociada. Conocemos las consecuencias humanas de nuestras políticas y la aceptación casual de esas consecuencias nos incrimina moralmente.


Retirarse del acuerdo de París no es la única manera en que la administración de Trump puede socavar nuestros intentos de abordar el cambio climático: Estados Unidos puede simplemente dejar claro que no cumplirá con sus obligaciones políticas y éticas bajo el acuerdo de París.


Es difícil imaginar una forma más clara de transmitir ese mensaje que proponer recortar la financiación de la investigación para la ciencia climática, desarmar los programas de cambio climático de la EPA, la NASA y la NOAA, detener los pagos a las Naciones Unidas relacionados con el cambio climático, respaldar la construcción de los polémicos oleoductos Dakota Access y Keystone XL, y emitir una orden ejecutiva que desbarate el plan de energía limpia de Estados Unidos, que restringe las emisiones de gases de efecto invernadero en las plantas de carbón.


Las políticas climáticas de la administración Trump, respaldadas por muchos líderes republicanos, están arraigadas en la ignorancia culpable y la corrupción transparente. Y nos ponen a todos en peligro en una escala que nunca han tenido los crímenes de lesa humanidad anteriores.


La civilidad y la imparcialidad no requieren de una actitud cómplice hacia las políticas que aceleran la destrucción de un planeta habitable. No dependemos de la retrospectiva para reconocer la gravedad moral de nuestra situación actual.


Buscaremos en vano una mejor razón para deponer a los funcionarios electos. Todo recurso legal para destituir a dichos líderes está justificado. No podemos fingir que no conocemos la naturaleza de lo que está ocurriendo. Estamos siendo testigos de un crimen de lesa humanidad y del posible preludio de un futuro genocidio.


Somos los espectadores que debemos elegir entre intervenir o ser cómplices por nuestro fracaso.


Lawrence Torcello es Profesor Asociado de Filosofía en el Rochester Institute of Technology en los Estados Unidos. Se especializa en filosofía moral y política.


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