Explorando la Resonancia y la Aceleración con Hartmunt Rosa
- Homo consciens
- 24 abr
- 10 Min. de lectura

Fuente: UNESCO Talks - 23 de abril de 2025
UNESCO Talks entrevista al filósofo Hartmut Rosa.
Hartmut Rosa (n. 1965, Alemania) es un sociólogo y filósofo social alemÔn, reconocido por su trabajo sobre la aceleración social, la alienación y el concepto de resonancia como base de una vida con mÔs sentido y mÔs feliz.
Es profesor en la Universidad Friedrich Schiller de JenaĀ y director del Max Weber Center for Advanced Cultural and Social Studies.
Su obra se centra en un diagnóstico de la modernidad tardĆa: sostiene que las sociedades contemporĆ”neas estĆ”n estructuradas por una lógica de aceleración constanteĀ (tecnológica, social y vital), que no es opcional sino necesaria para sostener el sistema económico y social.
Frente a esto, desarrolla el concepto de resonancia, entendido como una forma de relación significativa y transformadora con el mundo (con otras personas, con la naturaleza, con el trabajo, con el conocimiento). Para Rosa, el problema central de la modernidad no es la velocidad en sĆ, sino la alienación, es decir, la pĆ©rdida de esa relación viva con el mundo.
Entre sus obras mƔs importantes se destacan:
Social Acceleration
Resonance: A Sociology of Our Relationship to the World
The Uncontrollability of the World
En sus trabajos mĆ”s recientes, tambiĆ©n introduce la noción de energĆa social, ampliando su enfoque hacia una comprensión mĆ”s relacional y no individual de la acción y la transformación social.
P:Ā ĀæPodrĆas explicarnos tus conceptos de aceleración y tambiĆ©n de resonancia?
Hartmut Rosa:Ā SĆ. En realidad, empecĆ© dĆ”ndome cuenta de que parece haber algo que no funciona en la manera en que los seres humanos hoy en dĆa āen el mundo moderno o en la modernidad tardĆaā experimentan el tiempo.
Lo interesante es que constantemente ahorramos tiempo gracias a tecnologĆas mĆ”s rĆ”pidas, medios de transporte mĆ”s veloces, etcĆ©tera. Sin embargo, parece que cada vez tenemos menos tiempo.
Es muy extraƱo: cuanto mĆ”s tiempo ahorramos, menos parece que tenemos. Entonces comprendĆ que la tecnologĆa acelera, pero al mismo tiempo nos genera un problema. En lugar de darnos mĆ”s tiempo, parece quitĆ”rnoslo. Por eso aceleramos nuestro ritmo de vida.
Esto tambiĆ©n estĆ” relacionado con el hecho de que todo cambia muy rĆ”pidamente: nuestras tecnologĆas cambian, nuestras interacciones cambian, los patrones de relación, las formas de conocimiento, y asĆ sucesivamente.
Por eso entendà que, si queremos comprender la sociedad moderna, también debemos prestar atención a sus estructuras temporales.
La modernización āy no lo digo en un sentido normativo, como si fuera algo ābuenoāā significa acelerar el mundo, literalmente ponerlo en movimiento a un ritmo cada vez mĆ”s rĆ”pido.
Hoy experimentamos un cambio tecnológico que parece avanzar a una velocidad creciente.
P:Ā Pero ha habido otros perĆodos en la historia en los que las sociedades vivieron grandes cambios. ĀæHay alguna diferencia?
HR:Ā SĆ. En primer lugar, no dirĆa que sea algo completamente nuevo del siglo XXI. Por ejemplo, hacia 1900ā1920, con la aparición de los tranvĆas, los automóviles, el telĆ©fono, el sistema telegrĆ”fico y la radio, tambiĆ©n hubo un perĆodo de aceleración.
Mi idea es que esta lógica de la aceleración ha cambiado su forma desde el siglo XVIII. Desde entonces, se han sucedido distintas olas de aceleración.
Antes de eso, como seƱalĆ”s, tambiĆ©n hubo Ć©pocas turbulentas de cambio, en las que las cosas se transformaban muy rĆ”pidamente, al punto de que incluso podĆa perderse la noción de la realidad.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental. Cuando hablo de aceleración social, no me refiero simplemente a perĆodos turbulentos o a momentos de cambio rĆ”pido. Me refiero al hecho de que existe un entramado social muy sólido ācomo el orden capitalista modernoā que ha perdurado durante mĆ”s de 200 aƱos.
Y dentro de esa lógica, para poder sostener ese orden, es necesario acelerar, crecer e innovar de manera constante.
Eso es algo completamente nuevo en la historia. Hemos tenido perĆodos de desintegración social, de revolución o de cambio, pero luego se establece un nuevo orden. Y, por lo general, las culturas intentan estabilizar ese orden y mantenerlo tal como estĆ”.
En cambio, en nuestra sociedad moderna, debemos acelerar, crecer e innovar permanentemente āa nivel tecnológico, social y cultural, incluso en aspectos como las modasā simplemente para mantener la estructura institucional tal como estĆ”.
A esto lo denomino āaceleración endógenaā. No se trata de una aceleración provocada por cambios en el entorno, sino de una dinĆ”mica interna: estamos obligados a acelerar, crecer e innovar Ćŗnicamente para sostener el orden existente.
Y eso es algo nuevo en la historia.
P: Y tu concepto de resonancia, ¿cómo surgió? ¿Y cómo puede ayudarnos a lidiar
con esta aceleración social?
HR: SĆ. Quiero decir, cuando escribĆ este libro sobre la aceleración, cuando lo publiquĆ©, mucha gente pensó: Ā«Oh, Rosa es el gurĆŗ de la desaceleración. Solo hay que ir mĆ”s despacioĀ». Y pensĆ©: Ā«Bueno, eso es demasiado fĆ”cilĀ», porque, en primer lugar, no podemos simplemente dejar el orden económico y los demĆ”s órdenes tal y como estĆ”n y reducir la velocidad, porque entonces nuestras instituciones se desmoronarĆan. Pero ademĆ”s, la lentitud no es un fin en sĆ misma. No me gusta un camión de bomberos lento, Āæverdad? O una conexión a Internet lenta... No son buenas en sĆ mismas.
AsĆ que escribĆ un libro en el que decĆa que el problema de la aceleración es cuando crea alienación, si perdemos la capacidad de apropiarnos realmente del mundo y de las personas con las que interactuamos, es decir, las cosas en las que trabajamos, el contacto con la naturaleza; si perdemos eso porque vamos demasiado rĆ”pido, Āæno? AsĆ que dije que la alienación es el problema. La aceleración es algo que podrĆa conducir a la alienación, pero no siempre sucede.
AsĆ que me preguntĆ© ĀæquĆ© es lo contrario de la alienación? ĀæCuĆ”ndo tenemos una forma de vida no alienada? Porque en filosofĆa no basta con criticar el orden establecido. Si solo te limitas a criticar, nunca cambiarĆ”s el mundo. Creo que necesitamos encontrar una concepción de lo que podrĆa significar no estar alienado para llevar una buena vida. Y asĆ es como lleguĆ© a entrar en resonancia. No estamos alienados de la vida cuando somos capaces de entrar en resonancia unos con otros. Eso significa que no solo estamos hablando, intercambiando información o insultĆ”ndonos, sino que realmente nos estamos afectando unos a otros con lo que decimos, por ejemplo. Y teniendo una especie de efecto transformador. Y me di cuenta de que estas formas de relación o resonancia con el mundo, no se limitan solo al diĆ”logo. Podemos entrar en resonancia con las herramientas con las que trabajamos, con la naturaleza en la que actuamos o con la mĆŗsica que tocamos, con la filosofĆa, por ejemplo. Lees algunos pensamientos y te sientes tocado.
A veces en las escuelas simplemente tienes que saber de memoria lo que dice Kant o
lo que dice Aristóteles y luego tienes que reproducirlo. Eso no es apropiación en el verdadero sentido. Es cuando empiezas a pensar un poco como si fueras capaz de ver el mundo a través de los ojos de Aristóteles o de Marco Aurelio.
AsĆ que, para mĆ, la resonancia es en realidad, el modo primigenio, el mĆ”s importante que tienen los seres humanos en el mundo. AsĆ que, la resonancia, dirĆa yo, es lo opuesto a la alienación y es como es un lĆmite a la aceleración, al menos a la aceleración que no nos conviene.
La alienación es una distorsión en nuestra relación con el mundo y la resonancia, en mi opinión, es una forma positiva de relacionarnos con el mundo. Y tiene cuatro elementos:
Lo primero es que algo me conmueve desde adentro, me habla.
El segundo elemento es que yo respondo. Experimento autoeficacia. Soy capaz de conectar contigo o con la mĆŗsica que escucho, o con el paisaje o el animal con el que interactĆŗo.
El tercero es que, en este proceso, me transformo. No sigo siendo el mismo.
Y el cuarto es que no puedo producir a voluntad esta forma de resonancia, sucede o no.
Nosotros ahora tenemos las redes sociales. ĀæEs esta una forma de lograr otra forma de resonancia o conexión con la gente? Cuando interactuamos con las redes sociales, de algĆŗn modo buscamos precisamente este tipo de relación. Por ejemplo, tengo un smartphone en el bolsillo y, si vibra, es como si el mundo me estuviera llamando. Algo me habla, algo me convoca. Entonces lo saco y respondo: puedo publicar, dar āme gustaā o comentar. Eso es autoeficacia: reacciono ante ello y, por supuesto, espero que me transforme y que, en ese proceso, estĆ© participando en el mundo.
Pero luego uno se da cuenta de que, cuando todo termina, no estamos llenos de energĆa. No nos sentimos reconectados. MĆ”s bien parece aislarnos del mundo. Eso es lo que mucha gente āincluso los jóvenesā percibe.
De alguna manera, las redes sociales simulan la resonancia: participación, pertenencia, autoeficacia. Pero hay algo que no resulta del todo satisfactorio. Nos sitúan dentro de una lógica de aceleración cuantitativa y de optimización constante.
Creo que estamos inmersos en un enorme experimento cultural. Nadie sabe exactamente cuĆ”l serĆ” el resultado. Pero, segĆŗn la experiencia humana, parece que no es la verdadera resonancia lo que estamos encontrando allĆ.
P: En entrevistas anteriores has dicho que podemos lograr la resonancia al involucrarnos realmente en cosas que nos conmueven a algún nivel. ¿Qué ejemplos hay de esto?
HR: Un ejemplo claro es el diÔlogo. Cuando hablamos con alguien, pueden pasar dos cosas: a veces no estamos realmente interesados en lo que se dice, o sentimos que no entendemos al otro y la conversación no fluye. Pero otras veces ocurre algo distinto: se puede ver que los ojos se iluminan; incluso el cuerpo cambia, porque la conversación se vuelve realmente significativa. Eso es resonancia.
La música es otro ejemplo muy poderoso. Puede conmovernos profundamente, incluso hasta las lÔgrimas. Cuando escuchamos música, no es una experiencia pasiva: todo nuestro ser se abre, se proyecta hacia lo que escuchamos, se conecta. En cambio, en estados como la depresión, puede ocurrir que la música ya no nos toque, o que no podamos responder a ella.
El trabajo tambiĆ©n puede ser una fuente de resonancia. Cuando nos involucramos en una actividad, experimentamos sentido y autoeficacia: transformamos algo en el mundo, y ese proceso tambiĆ©n nos transforma a nosotros. Esto ya lo habĆa seƱalado Karl Marx.
La filosofĆa tambiĆ©n puede ser una forma de resonancia. A veces una idea nos sacude, incluso puede desestabilizarnos. Recuerdo haber leĆdo un texto de Michel Foucault y sentir que perdĆa el suelo, como si se desarmara mi identidad. Pero, al mismo tiempo, esa idea me interpelaba, me obligaba a pensar, a trabajar con ella. Esa es otra forma de resonancia.
P:Ā Hablando de filosofĆa, en una charla que diste en la UNESCO con motivo del DĆa Mundial de la FilosofĆa, introdujiste este concepto de energĆa social. ĀæPuedes hablar de ello y explicar cómo se relaciona con tus otras ideas sobre la resonancia?
HR:Ā La verdad es que me sentĆ un poco empujado hacia el concepto de āenergĆa socialā por mis dos libros que habĆa escrito anteriormente, porque me di cuenta de esta lógica de la energĆa social. Nuestra sociedad estĆ” impulsada por energĆas fĆsicas āenergĆas fósiles, nucleares y demĆ”sā, es decir, lo que obtenemos de la naturaleza. Pero tambiĆ©n requiere energĆa psĆquica, porque las mĆ”quinas y las instituciones no aceleran, innovan ni crecen por sĆ solas. Somos nosotros, los seres humanos, quienes tenemos que idear, quienes tenemos que acelerar aƱo tras aƱo.
Tenemos que correr cada vez mĆ”s rĆ”pido ātĆŗ y yo tambiĆ©nā, y eso no es correr fĆsicamente, claro, sino que requiere una especie de energĆa psĆquica. Y me di cuenta de que no tenĆa un buen concepto de esa energĆa psĆquica.
Incluso pensaba que los psicólogos debĆan tenerlo, pero despuĆ©s de Freud y su idea de la libido āde la que ya casi nadie hablaā, en realidad no contamos con un concepto sólido.
Entonces comprendĆ que la energĆa que necesitamos, y la que parece que nos falta, no es solo individual. Es un error pensar la energĆa como algo que āyo tengoā. A veces hablamos asĆ āātengo energĆaāā, pero en realidad no se trata solo de mi energĆa que te transmito a ti o viceversa.
Todos conocemos esa experiencia: despuĆ©s de un dĆa largo de trabajo, llegĆ”s a casa, prendĆ©s la televisión y sentĆs que estĆ”s tan cansado que apenas podĆ©s moverte. Pero luego unos amigos te invitan a salir āa tomar algo o a jugar al fĆŗtbolā, y aceptĆ”s. Y cuando volvĆ©s, tenĆ©s mĆ”s energĆa que antes. Entonces es evidente que no se trata simplemente de invertir energĆa y recuperarla despuĆ©s.
Lo mismo ocurre con los movimientos sociales y con las sociedades. Mi impresión es que nos estamos quedando sin energĆa, tanto a nivel individual como colectivo. Si miramos el mundo, vemos problemas ambientales, guerras, el regreso de epidemias, desigualdades enormes⦠y, sin embargo, parecemos incapaces de actuar. A pesar de ser sociedades exitosas, nos falta la energĆa para cambiar realmente las cosas. Simplemente seguimos en la misma trayectoria.
A nivel individual, ademĆ”s, aumentan constantemente las tasas de agotamiento. Y la pregunta clave para mĆ es: ĀæquĆ© es lo que falta cuando alguien estĆ” agotado? Porque puede tener suficiente energĆa corporal, suficientes calorĆas, pero aun asĆ no puede ni subir una escalera.
Por eso creo que necesitamos replantear el concepto de energĆa. No como algo que yo tengo o que vos tenĆ©s y que invertimos. Hasta ahora pensamos en un modelo de entrada-salida: pongo energĆa y obtengo un resultado. Pero la energĆa social es algo distinto: es algo que circula. Participamos en ella. Se crea en la interacción.
Y no tenemos un concepto adecuado de esto ni en la sociologĆa moderna ni en la filosofĆa occidental.
P:Ā Entonces, Āæotras culturas han abordado esto de manera diferente?
HR:Ā SĆ, absolutamente. De hecho, esa es mi esperanza: poder āglobalizarā la filosofĆa social en este sentido. Porque en Occidente tenemos conceptos de energĆa fĆsica āen la fĆsica y la quĆmicaā, y quizĆ”s alguna idea vaga de energĆa psĆquica, pero es muy inestable o cae en lo esotĆ©rico.
En cambio, cuando miramos otras tradiciones, encontramos conceptos mucho mĆ”s ricos. Podemos empezar por los griegos, pero tambiĆ©n mirar hacia la filosofĆa china con el daoĀ o el chi, o hacia la India con ideas como el pranaĀ o la kundalini. Incluso en filosofĆas africanas se habla de energĆas vitales que atraviesan no solo a los seres vivos, sino tambiĆ©n a la naturaleza en su conjunto.
Estas visiones entienden la energĆa como algo que fluye, como una forma de conexión, y eso nos permite ir mĆ”s allĆ” de nuestras categorĆas occidentales de sujeto-objeto, activo-pasivo, entrada-salida.
Creo que en Occidente hemos desarrollado una relación con el mundo muy centrada en la propiedad: ātengo cosas y las usoā. Pero necesitamos reemplazar esa idea por la de participación en un orden, en un sistema. No se trata solo de someternos a ese orden, sino de formar parte de Ć©l activamente.
A esto lo llamo āpasividad medialā: ser activo y pasivo al mismo tiempo, dar y recibir como un solo movimiento.
Este tipo de pensamiento no lo encontramos fĆ”cilmente en la tradición europea; hay que buscarlo tambiĆ©n en formas indĆgenas o tradicionales, incluidas muchas en AmĆ©rica Latina.
Por eso creo que necesitamos volver āo mĆ”s bien ir mĆ”s allĆ”ā del orden capitalista moderno. La ciencia y la economĆa modernas han sido exitosas, sin duda, pero hoy hemos llegado a un lĆmite: ecológico, polĆtico y cultural. Y eso hace evidente que necesitamos otra forma de relación con el mundo.
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