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Erich Fromm: ¿Quién manda?



Extracto de "La Sociedad Sana" de Erich Fromm - Primera edición 1955


 

"Hasta ahora he intentado trazar un cuadro general de la enajenación del hombre moderno respecto de sí mismo y de su semejante en el proceso de la producción y del consumo, y en su disfrute del tiempo libre. Me propongo ahora tratar algunos aspectos específicos del carácter social contemporáneo estrechamente relacionados con el fenómeno de la enajenación y cuyo estudio, sin embargo, resulta más fácil examinándolos independientemente y no como subdivisiones de la enajenación.


1 -Autoridad anónima - conformidad. El primero de esos aspectos que hay que estudiar es la actitud del hombre moderno hacia la autoridad. Hemos examinado la diferencia existente entre autoridad racional e irracional, entre autoridad estimulante y autoridad inhibitoria, y hemos dicho que la sociedad occidental de los siglos XVIII y XIX se caracterizó por la mezcla de ambos tipos de autoridad. Lo común a la autoridad racional y la irracional es que es una autoridad franca y manifiesta. Uno sabe quién manda y quién prohibe: el padre, el maestro, el amo, el rey, el funcionario, el sacerdote. Dios, la ley, la conciencia moral. Los mandatos y las prohibiciones pueden ser razonables o no, estrictos o indulgentes, y yo puedo obedecer o rebelarme; siempre sé que hay una autoridad, quién es, qué quiere y cuáles son los resultados de mi obediencia o de mi rebelión. A mediados del siglo xx la autoridad ha cambiado de carácter: ya no es una autoridad manifiesta, sino anónima, invisible, enajenada. Nadie da órdenes, ni una persona, ni una idea, ni una ley moral; pero todos nos sometemos tanto o más que lo haría la gente en una sociedad fuertemente autoritaria. Ciertamente, nadie es autoridad, excepto "Eso". ¿Qué es "Eso"? La ganancia, las necesidades económicas, el mercado, el sentido común, la opinión pública, lo que uno hace, piensa o siente. Las leyes de la autoridad anónima son tan invisibles como las leyes del mercado, y exactamente tan inviolables como ellas. ¿Quién es la persona que puede atacar lo invisible? ¿Quién puede rebelarse contra Nadie? La desaparición de la autoridad manifiesta es claramente perceptible en todas las esferas de la vida. Los padres ya no dan órdenes: sólo sugieren al hijo que "quiera hacer esto o lo otro". Como ellos mismos carecen de principios o convicciones, intentan llevar a los hijos a hacer lo que espera de ellos la ley de la conformidad, y muchas veces, como son más viejos y por lo tanto están menos en contacto con "lo más nuevo", aprenden de los hijos la actitud que han de adoptar. Lo mismo sucede en los negocios y en la industria: usted no da órdenes, usted "sugiere", usted no manda, sino que insta y manipula. Hasta el ejército norteamericano ha admitido de usar esta nueva forma de autoridad. Se hace la propaganda del ejército como si fuera una empresa comercial atrayente, el soldado se considerará miembro de un "equipo", aun cuando sigue en pie el hecho de que hay que prepararlo para matar y morir. Mientras hubo autoridad manifiesta, hubo conflictos y hubo rebeliones contra una autoridad irracional. En el conflicto con los mandatos de la propia conciencia, en la lucha contra la autoridad irracional, se desarrollan la personalidad y particularmente el sentimiento de sí mismo. Me siento a mí mismo como "Yo" porque "yo" dudo, "yo" protesto, "yo" me rebelo. Aun cuando me someto y me siento derrotado, me siento a mí mismo como "Yo": "yo", el vencido. Pero si no tengo conciencia de la sumisión ni de la rebelión, si me gobierna una autoridad anónima, pierdo el sentido de identidad, me convierto en "uno", en una parte de "Eso". El mecanismo mediante el cual opera la autoridad anónima es la conformidad. Debo hacer lo que todo el mundo hace; en consecuencia, debo adaptarme, no ser diferente, no "sobresalir"; debo estar dispuesto a cambiar de buena voluntad, de acuerdo con los cambios del tipo o modelo; no tengo que preguntar si estoy en lo cierto o no, sino si estoy adaptado, si no soy "distinto", si no soy diferente. La única cosa que en mí es permanente es justo esa buena disposición al cambio. Nadie tiene poder sobre mí, excepto el rebaño de que formo parte y al que estoy sometido "


 

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