Jon Haidt: Por qué debes ser un tecno escéptico
- Homo consciens
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Fuente: After Babel - Traducción de la charla Ted de Jon Haidt - 2 de junio de 2026
Introducción de Jonathan Haidt:
En abril di mi tercera —y más urgente— charla TED. Trata sobre cómo detener la apropiación de la infancia por parte de tecnologías que no fueron diseñadas pensando en el bienestar de los niños. Para cambiar de rumbo en las naciones democráticas se necesitará un cambio importante en la opinión pública, que sirva de señal para los líderes políticos de que el rumbo actual es inaceptable. Con ese fin, defiendo que cualquier persona que se preocupe por los niños debería adoptar una perspectiva tecnoescéptica, y ofrezco tres principios generales que reducirían el daño que las tecnologías actuales y futuras causan a los menores:
Proteger el desarrollo cerebral durante la pubertad.
Priorizar a las personas y a los libros en la educación, no a las pantallas.
Cuidado con las relaciones artificiales para menores.
El desafío es enorme, y la primera mitad de la charla suena sombría. Pero, como ya saben los lectores de After Babel, este también es un momento de esperanza. Los dos años transcurridos desde el lanzamiento de La generación ansiosa (ver artículo del autor aquí ) nos han demostrado que, cuando trabajamos juntos, podemos volver a meter a algunos genios en sus botellas; podemos recuperar la infancia y crear un futuro en el que nuestros hijos puedan convertirse en adultos conectados y prósperos.
El equipo de TED acaba de publicar la grabación, y me complace compartirla (junto con la transcripción, por si prefieren leerla) con la comunidad de After Babel.
– Jon
Para empezar, los invito a recordar un momento de su vida —un período de su vida— en el que se hayan sentido plenamente integrados en un grupo. Tal vez estaban en un equipo deportivo, tal vez tocaban en una banda, o tal vez solo tenían un gran grupo de amigos a los que les encantaba pasar el tiempo juntos. O tal vez fue en el trabajo. Quizás formaban parte de un equipo que intentaba lograr algo grande y difícil bajo la presión del tiempo, pero todos se unieron y remaron para el mismo lado.
Hayan sido lo que haya sido, mi pregunta para ustedes es: ¿ese recuerdo es especial? ¿Miran hacia atrás y recuerdan esa etapa de su vida como algo especial y mágico?
El gran biólogo E.O. Wilson dice que los seres humanos no somos simplemente sociales como los perros y los chimpancés, sino que somos ultrasociales, como las abejas y las hormigas. Tenemos una división del trabajo masiva. Y nos encanta hacer cosas que nos pongan en la mentalidad de «uno para todos y todos para uno».
Sin embargo, nuestras colmenas no están hechas de cera. Están hechas de una cultura compartida y de experiencias compartidas.
Mi charla de hoy no es realmente sobre abejas y hormigas, sino sobre la tecnología y la infancia. Pero veamos qué podemos descubrir sobre la tecnología y la infancia si partimos de la premisa de que los seres humanos somos criaturas ultrasociales con una profunda necesidad de comunidad y comunión.
Como psicólogo social que estudia los efectos de la tecnología digital en los jóvenes, lo que veo desde esta perspectiva es muy preocupante. Creo que justifica una sensación general de cautela, o escepticismo, respecto a las tecnologías que se están abriendo paso a la fuerza en la infancia de hoy en día.
Así que empecemos con las redes sociales. A principios de la década de 2010, los adolescentes cambiaron sus teléfonos con tapa por teléfonos inteligentes (smartphones), y comenzó la infancia basada en el teléfono. Sus vidas sociales se mudaron a las redes sociales.
Al principio pensamos que esto estaría bien, tal vez incluso mejor. Pero la cantidad desplaza a la calidad, y empezaron a pasar mucho menos tiempo juntos en persona.
Y eso es un problema para nuestra especie ultrasocial, porque muchos de nuestros mecanismos evolutivos de vinculación involucran a nuestros cuerpos. Nos conectamos con las personas —creamos lazos con ellas— cuando comemos juntos, cuando compartimos la comida. Cuando compartimos risas. Cuando nos movemos juntos en sincronía, aunque sea solo caminando uno al lado del otro. Y nos vinculamos cuando nos tocamos.
Pero cuando todo se mudó al entorno virtual, los adolescentes de todo el mundo desarrollado perdieron la mayoría de esas experiencias de vinculación. Los niveles de soledad y ansiedad comenzaron a aumentar casi de inmediato, en muchos países de manera simultánea. Y esto no fue solo una correlación histórica. Actualmente existen múltiples líneas de evidencia que demuestran que las redes sociales están causando daños a escala industrial. Una de esas líneas son las docenas de experimentos que demuestran que cuando asignas al azar a las personas (estos estudios se hacen usualmente con adultos jóvenes) a reducir drásticamente su uso de redes sociales durante al menos una semana, sus niveles de ansiedad y depresión disminuyen. Y uno de esos estudios fue realizado por la propia Meta.
Sin embargo, lo que he aprendido en los últimos dos años es que subestimé enormemente el daño en mi libro La generación ansiosa, porque me concentré en los resultados de salud mental. Ahí es donde tenemos los mejores datos y donde estamos trabajando más.
Pero ahora creo que un daño aún mayor es la disminución de la capacidad humana para mantener una atención sostenida.
Un tercio de todos los adolescentes estadounidenses dice estar en una plataforma de redes sociales «casi constantemente» a lo largo del día. Y lo principal que hacen en esas plataformas es ver videos muy cortos. Los jóvenes lo llaman «brain rot» (deterioro o pudrición cerebral), que es un término divertido, pero podría ser muy real. Porque el cerebro adolescente es un cerebro que siempre se está remodelando. La red neuronal de un niño tiene que convertirse, tiene que reconfigurarse, para transformarse en la red neuronal de un adulto. Y ese proceso de reconfiguración —las neuronas encontrándose entre sí— está moldeado por lo que sea que hagas todos los días. Y está moldeado por lo que todos los demás dicen que tiene prestigio.
El terrible costo de una infancia basada en el teléfono - aquí
Lo que significa que la pubertad es, por lo tanto, el peor momento posible para que un ser humano esté en las redes sociales. Para nuestra especie ultrasocial, esa reconfiguración debería estar guiada por enormes cantidades de interacción social en el mundo real, no por el algoritmo de TikTok.
Así que aquí está el primer principio de lo que podríamos llamar tecnoescepticismo: proteger el desarrollo cerebral durante la pubertad. Por eso es tan importante que los países sigan el ejemplo de Australia: simplemente elevemos la edad para abrir cuentas en redes sociales a los 16 años, tal como hizo Australia.
Ahora veamos la tecnología educativa (EdTech).
Por supuesto que existen buenos usos de la tecnología en la educación. Mis hijos han aprendido mucho con Khan Academy. Pero me preocupa mucho lo que ocurrió cuando empezamos a poner computadoras y tabletas en los pupitres de los niños; las llamadas políticas de dispositivos «uno a uno».
Las computadoras y las tabletas son sistemas de entretenimiento multifunción. Si los niños pueden acceder a internet, jugarán videojuegos, verán videos cortos, verán YouTube Shorts e incluso pornografía. Tan pronto como implementamos los dispositivos «uno a uno» en la década de 2010, los puntajes de las pruebas nacionales comenzaron a caer en los EE. UU. Y cayeron en muchos otros países, especialmente en aquellos que adoptaron la tecnología educativa con mayor firmeza.
Ahora bien, no puedo probar que estos descensos hayan sido causados por las pantallas y las aplicaciones que pusimos en sus pupitres. Pero consideren esto: Suecia fue líder mundial en la digitalización de la educación en la década de 2010. Se deshicieron de los libros de texto, pusieron un dispositivo en cada pupitre e incluso ordenaron que las guarderías utilizaran tabletas. Pero tras años de experiencia y años de puntajes académicos en declive, Suecia cambió de rumbo. En 2023, anunciaron que volverán a los libros de texto, que retirarán gran parte de los dispositivos y que regresarán a los libros y a la escritura a mano, especialmente en los primeros grados. Su instituto de investigación más prestigioso, el Instituto Karolinska, emitió un informe respaldando la posición del gobierno, afirmando: «Existe evidencia científica clara de que las herramientas digitales perjudican, en lugar de mejorar, el aprendizaje de los estudiantes».
Nos estamos volviendo más tontos - aquí
Y piensen en esto: muchos de nosotros, los profesores, estamos prohibiendo las computadoras —las computadoras portátiles— en nuestras aulas. Muchos de mis alumnos dicen que aprenden mejor cuando las personas no están usando dispositivos, cuando no tienen una computadora y la multitarea mirándolos de frente. Pero si los estudiantes universitarios no pueden aprender tan bien cuando tienen una computadora delante, ¿cómo esperamos que lo haga un niño de ocho años?
La escuela es una experiencia intrínsecamente social. Los estudiantes no son máquinas de aprendizaje. Son seres humanos ultrasociales que necesitan conectar con sus profesores y con sus compañeros. No necesitan conectar con más pantallas.
Así que aquí está el segundo principio del tecnoescepticismo: priorizar a las personas y a los libros en la educación, no a las pantallas. Nunca debimos haber permitido que las computadoras portátiles y las tabletas se extendieran por toda la educación primaria y secundaria sin pruebas exhaustivas y evidencia de su seguridad y eficacia. Pero estamos a punto de cometer exactamente el mismo error con la IA.
¿Ven el patrón aquí? Permitimos que las empresas de redes sociales se apoderaran de la vida social de nuestros hijos, y han dañado esa vida social y su salud mental. Permitimos que las empresas de tecnología educativa se apoderaran de sus escuelas, y parece que están haciendo más daño que bien.
Ahora, las empresas de IA vienen por sus relaciones. Quieren ser sus amigos, sus terapeutas e incluso sus parejas sexuales. ¿Qué podría salir mal?
Ya estamos viendo una descarga cognitiva masiva y una pérdida de aprendizaje. Cuando los estudiantes tienen acceso a la IA, le delegan el pensamiento crítico a la máquina. Ya estamos viendo a jóvenes que dependen de ChatGPT para tomar decisiones personales y redactar sus textos y correos electrónicos.
Y estamos viendo un mercado en auge de juguetes con IA. Se están instalando chatbots en muñecas y ositos de peluche. Estos chatbots son extremadamente responsivos con el niño: siempre están ahí para ofrecer consuelo, para estar presentes. Y, por supuesto, los padres suelen estar ocupados. Pero si el chatbot es súper responsivo mientras que los padres no lo son tanto, el sistema de apego del niño —que busca identificar «quién en mi entorno es la persona que me responde»— bien podría vincularse o centrarse en el chatbot, lo que comprometerá la relación con sus propios padres.
Así que aquí está el tercer principio del tecnoescepticismo: cuidado con las relaciones artificiales para menores. No les den nada que simule que entiende al niño o que le importa. Porque no es así. Algún día podría haber un papel para los terapeutas de IA, pero ¿qué tal si exigimos años de pruebas antes de permitir que alguien los introduzca en la infancia?
Ahora bien, les acabo de decir que necesitamos reducir drásticamente el papel de estas tecnologías en la vida de nuestros hijos. Algunos de ustedes podrían estar pensando: «Espera un segundo. Quiero que mi hijo tenga éxito en el futuro digital, en el entorno laboral digital, así que ¿por qué no darle una ventaja inicial?».
Por dos razones. La primera es que estas tecnologías son extremadamente fáciles de usar. Tu hijo no necesita una ventaja de 10 años para dominar las redes sociales y la IA.
La segunda, porque ahora sabemos que ser un «nativo digital» no confiere una ventaja. Para muchos niños es una maldición, porque altera sus sistemas de atención y de motivación. Les enseña que siempre hay una pequeña recompensa —un poco de dopamina— disponible a un solo deslizamiento de dedo (swipe). Y eso socava la capacidad de realizar un trabajo cognitivo difícil o sostenido, como leer un libro.
Doy un curso en la Universidad de Nueva York llamado «Florecimiento» (Flourishing), y hace dos años estábamos hablando sobre la fragmentación de la atención. Uno de mis alumnos —usuario empedernido de TikTok— dijo: «Saco un libro, leo una frase, me aburro y me voy a TikTok».
Si queremos que nuestros hijos tengan éxito en el futuro digital, debemos protegerlos del daño que se les está causando en el presente digital.
Regresemos a la colmena. ¿Qué vemos cuando observamos la tecnología y la infancia a través de este prisma? Cuando partimos de la premisa de que los humanos somos ultrasociales.
Lo que vemos es que estas tecnologías están siendo construidas por personas que no entienden esa premisa. Piensan en las personas como consumidores con necesidades sociales que pueden ser satisfechas por máquinas. Creen que es bueno liberar a las personas de la dependencia de otros seres humanos.
Supongamos, solo por el bien del argumento, que realmente pueden darnos amigos excelentes y parejas románticas excelentes. (De hecho, ayer mismo en el almuerzo, Esther Perel me contó que acaba de realizar su primera terapia de pareja con una pareja mixta: un hombre humano y una mujer IA). ¿Es esto liberación? ¿Ya no tenemos que depender de otras personas para satisfacer nuestras necesidades sociales? ¿Nos haría eso felices: no tener que depender de nadie?
Absolutamente no. Porque eso significaría que nadie depende de nosotros. Nadie cuenta con nosotros. No somos importantes para nadie.
¿Es este nuestro destino? ¿Hay alguna forma de detener este futuro digital solitario?
Sí, la hay.
Cuando se publicó La generación ansiosa hace dos años, una de las principales objeciones que recibí fue que llegaba demasiado tarde. «La tecnología llegó para quedarse», decía la gente. «No se puede volver a meter al genio en la botella».
Pero en los últimos años, la humanidad se ha movilizado y estamos volviendo a meter al genio en la botella. Las madres fueron las primeras en organizarse y actuar. Pronto se les unieron los padres y muchas organizaciones activistas de la Generación Z. Y también muchos gobernadores y jefes de estado.
Juntos, estamos sacando los teléfonos de las escuelas en todo el mundo. Los profesores están encantados de recuperar a sus alumnos. Y una de las cosas que nos dicen —es lo más común que escuchamos— es: «Volvemos a oír risas en los pasillos».
Estamos logrando que se eleve la edad para las redes sociales a los 16 años. Más de una docena de países ya se han comprometido a seguir el audaz ejemplo de Australia.
Estamos viendo a padres que sueltan a sus hijos y confían en ellos para que monten en bicicleta con sus amigos y hagan recados para que puedan sentirse útiles. Les daré un ejemplo: una madre en Utah le propuso a su hijo de siete años el «Reto Let Grow» —que consiste en decirle al niño: «¿Qué es algo que crees que puedes hacer por tu cuenta?»—. El niño respondió: «Creo que puedo ir a un restaurante Chick-fil-A y comprarnos el almuerzo». Ella aceptó. En el video se ve a la madre sentada en el coche y al niño saliendo de la tienda con las bolsas y una sonrisa enorme, diciendo: «¡Fue muy divertido!». Luego la mamá le pregunta: «¿Estabas nervioso?». Y él responde: «Sí, ¡todavía me tiemblan las piernas, pero quiero hacerlo otra vez!».
Estas son las historias que más me conmueven y emocionan, porque este movimiento no trata principalmente sobre la tecnología. Se trata de recuperar la infancia en el mundo real, con personas reales.
Entonces, ¿qué demonios hacemos con los profesores robot y todas las demás olas futuras de tecnología que intentarán abrirse paso en la infancia sin pruebas de seguridad adecuadas?
A veces parece abrumador. Así que permítanme repetir las tres reglas del tecnoescepticismo:
Proteger el desarrollo cerebral durante la pubertad.
Priorizar a las personas y a los libros en la educación, no a las pantallas.
Cuidado con las relaciones artificiales para menores.
Creo que el tecnoescepticismo es la actitud correcta para la gente de hoy, especialmente para padres y legisladores. Porque cuando se trata de niños, estas empresas se han ganado nuestra desconfianza.
El tecnoescepticismo significa que, de ahora en adelante, les trasladamos a ellos la carga de la prueba. Que demuestren que sus productos son seguros. Los tratamos como a cualquier otro fabricante de productos de consumo potencialmente peligrosos: les obligamos a demostrar que sus productos son seguros antes de lanzarlos al mundo. Y los hacemos responsables de sus fallos de seguridad.
En conclusión, los seres humanos somos criaturas ultrasociales que necesitamos importarnos los unos a los otros para poder florecer. Somos tan brillantes que hemos inventado tecnologías que pueden reemplazarnos, que pueden sacarnos de la vida de los demás.
Pero la conexión humana no es opcional. Es lo que somos. Así que vamos a tener que luchar por un futuro en el que nuestros hijos puedan convertirse en adultos conectados y prósperos.
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